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Opinión | RETIRO LO ESCRITO

‘Sursum corda’

El ministro Ángel Víctor Torres mira al presidente canario, Fernando Clavijo.

El ministro Ángel Víctor Torres mira al presidente canario, Fernando Clavijo. / Angel Medina G.

Elevad los corazones. Después de meses de negociaciones «exitosas y discretas» –así las calificó Fernando Clavijo– ayer se anunció tal vez el acuerdo más importante entre el Gobierno español y el Gobierno canario en los últimos años. Se trata de la financiación autonómica y se articula en tres puntos: a) Canarias tendrá asegurados unos 1.337 millones de euros adicionales al año, alcanzando esa cifra a través de un Fondo de Dinamismo Económico, b) Canarias podrá utilizar bajo ciertas condiciones los 687 millones de euros de superávit de la comunidad autonómica y c) los recursos del REF quedarán explícitamente fuera del sistema. A cambio Canarias apoyará el modelo de financiación autonómica que será sometido mañana miércoles a votación en el Consejo de Política Fiscal y Financiera. Es un éxito en toda regla de Clavijo en su doble condición de jefe del Gobierno y secretario general de Coalición Canaria, pero es también una demostración de la voluntad negociadora del Gobierno central y del relevante papel que ha jugado en el acuerdo Ángel Víctor Torres, líder de los socialistas canarios y ministro de Política Territorial.

Aunque Clavijo insistió en que el acuerdo alcanzado «compromete a todo el Gobierno», en alusión a su socio en el Ejecutivo, el PP, lo cierto es que el presidente compareció ante los medios de comunicación entre Arcadi España y Torres, sin ser acompañado ni por su vicepresidente y ni por su consejera de Hacienda. Todo el mundo da por hecho que los consejeros de Hacienda del PP se negarán a votar por un sistema de financiación que llevan atacando ferozmente desde hace muchos meses. Como ni Domínguez ni Asián quieren ser desleales a la dirección de su partido y mucho menos crear una situación explosiva en el seno del Gobierno canario, se ha optado por una solución impecable: Matilde Asián ha empezado hoy sus merecidísimas vacaciones y será sustituida por Nieves Lady Barreto, consejera de Presidencia, Administraciones Públicas y Seguridad. Por supuesto, también se han reactivado inevitablemente rumores, dimes y diretes sobre la irritación que podría producir el acuerdo en Núñez Feijóo y sus cuates allá en el Madrid incendiado pero yo no haría mucho caso. El PP está más que dispuesto a tragar en este caso con la excepcionalidad canaria. No va a romper un gobierno autonómico cuando quedan apenas diez meses para las elecciones. Las elecciones –obviamente– se enfrentan mejor desde los despachos del Gobierno que desde los despachos del partido.

El muy currado pacto evidencia, por tanto, el espléndido estado de salud de lo que se llama tradicionalmente la centralidad de Coalición Canaria: se gobierna la comunidad con el PP y se negocian los asuntos estratégicos –e incluso algunos que no lo son tanto– con el Gobierno de Pedro Sánchez. Y proyecta esa centralidad multinivel indisimulablemente hacia el futuro. Las predicciones demoscópicas indican actualmente que, de celebrarse elecciones hoy, el PP y Vox sumarían una cómoda mayoría absoluta. Pero queda un año para las elecciones a Cortes. Un año es simultáneamente, como suele ocurrir en política, muchísimo tiempo y muy poco tiempo. Los cielos se pueden llenar de cisnes negros y oscurecer el horizonte para unos e iluminarlos para otros. No es precisamente inimaginable –aunque ahora mismo se estime como harto improbable– que cualquier voto se a decisivo en el Congreso de los Diputados para los grandes bloques que, por desgracia, se están dibujando, con trazos muy groseramente guerracivilistas por parte de la izquierda; el reciente artículo de José Félix Tezanos –a sus casi ochenta años, director del Centro de Investigaciones Sociológicas– es el ejemplo más reciente, después de que una ministra llamara al presidente del PP nazi. Clavijo ha mostrado su ductilidad, paciencia y manejo de los tiempos, esa lúcida testarudez en la búsqueda del acuerdo, después de recuperar la dichosa centralidad, cuyo incumplimiento le llevó en su primer mandato a una soledad excluyente que derivó en aislamiento y fracaso. Un error que jamás volverá a repetir.

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