Opinión | MIEL, LIMÓN & VINAGRE
Hugh Jackman, el hombre que confundimos con un superhéroe
El australiano, popular por encarnar a Lobezno, afronta una fase profesional más arriesgada y vulnerable

Hugh Jackman.
Hugh Jackman muere en las dos películas que ha estrenado este verano, La muerte de Robin Hood (Michael Sarnoski) y Las ovejas detectives (Kyle Balda). No es que al agente del actor australiano le haya traicionado el subconsciente, sino que el intérprete, otrora superhéroe, supermarido, padre de familia y tío agradable de Hollywood por excelencia, ha entrado en una fase más crepuscular y ambigua de su carrera.
Aunque quizás los que creyeran que el hombre que alcanzó la popularidad por interpretar a Lobezno en las películas del universo X-Men es un tipo tan sencillo como un anillo, simplemente sólo estaban equivocados.
Cuenta que cuando se preparaba para Lobezno (un papel que le llegó de rebote: el elegido, Dougray Scott, tuvo un accidente y Russell Crowe, amigo de Jackman, le recomendó al director del proyecto, Bryan Singer) tuvo que rebobinar mucho en su vida para encontrar la empatía que necesitaba. La halló en el momento en que su madre dejó a la familia (marido, Hugh y tres hermanos más) y en recordar cómo se convirtió en un niño temeroso, impotente y furioso desde el momento en que ella se marchó; cuando empezó a jugar al rugby y recibía cualquier golpe o placaje más duro de lo habitual, el adolescente Hugh no podía reprimir una furia tremenda. Ahí encontró a Lobezno.
Cuando se estrenó X-Men (2000), detrás de aquel superhéroe con aristas y abismos, típico de las reformulaciones del género con que la cultura popular los actualizó al más cínico y descreído siglo XXI, se levantaba un australiano praxiteliano y hermoso pero cercano y vulnerable, dispuesto a mostrar "las debilidades del superhéroe, sus dudas y sus batallas"; también un exprofesor de Educación Física que iba para periodista pero que descubrió la interpretación en un taller universitario tras años de admirar secretamente los musicales sólo como espectador.
Por cierto, el papel le llegó justo cuando se iba a vencer el plazo que se había dado a sí mismo (cinco años tras terminar Arte Dramático) para ver si merecía la pena buscarse la vida entre sets y escenarios, tras haberse deslomado ocho años currando en restaurantes, gasolineras y como payaso en fiestas de cumpleaños.
Con su Lobezno, el mundo descubrió también a Hugh, un tipo sensato y aterrizado ("Me apasiona la actuación pero no supone un reto mayor que enseñar a niños de ocho años o cualquier otra profesión", dixit), de buenos modales, siempre atiplado, vestido sin estridencias, educado con severidad (formado dentro del cristianismo evangélico), marido ejemplar (casado con una actriz, Deborra Lee-Furness, 13 años mayor) y devoto padre de dos hijos adoptivos (firmante de frases como «cuando llego a casa de rodar y mi hija viene corriendo a abrazarme, todo lo que ha ocurrido en el día se disipa»). Pero es que, anoten, con los años hemos descubierto que también es multiinstrumentista (toca el violín y el piano, por ejemplo), seductor bailarín, meritorio cantante (como ha demostrado en películas como Los miserables y El gran showman) y hasta presentador de excepción de la gala de los Oscar.
¿Entonces? Todo cambió cuando se anunció el divorcio tras casi 30 años de matrimonio: la propia Lee-Furness (el actor jamás se ha referido al asunto) reveló que una infidelidad del australiano con una compañera de reparto en una función de Broadway, fue el detonante de la ruptura del matrimonio. Que pareciera perfecto no lo insinuó Jackman; lo pensamos nosotros.
Tampoco escapó del escrutinio social su nada encubierta pertenencia a la Escuela de la Filosofía Práctica, una organización espiritual y de meditación que mezcla filosofías orientales y occidentales pero que, según algunos exmiembros, también disfraza abusos sexuales y protocolos propios de una secta.
Mi teoría es que desde entonces Hugh Jackman se ha permitido papeles más arriesgados, menos afables, como el que anunció con la estupenda Bad education (Cory Finley, 2019) y que ahora consolida con La muerte de Robin Hood, filme indie en que se desmonta al mito del héroe: ¿y si aquel ladrón no le daba a los pobres el dinero que robaba a los ricos? Nos toca a nosotros ahora ser capaces de ver las "debilidades, dudas y batallas" del hombre al que confundimos con un superhéroe.
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