Opinión | Notas lingüísticas
Veranear
Al igual que las épocas de veraneo de antaño, sin tecnología y en contacto con la naturaleza, muchos de los términos empleados en lugares de costa se han ido perdiendo, pero hay que tratar de salvarlos.

Varias personas aprovechan el calor para bañarse en los charcos de Valleseco, Santa Cruz de Tenerife / Andrés Gutiérrez
Dicen los diccionarios que veranear es «Pasar las vacaciones de verano en lugar distinto en que habitualmente se reside», sin embargo, creo que, además, habría que añadir en la definición el rasgo distintivo de que estas vacaciones habrán de disfrutarse en lugares próximos al mar, por la sencilla razón de que es allí donde se dan las condiciones climáticas más propicias para atenuar los rigores del calor estival. Moderna costumbre, por cierto, esta del veraneo, que comenzó en el siglo XIX con destinos a las playas del norte peninsular, primero, como la de El Sardinero en Santander y La Concha en San Sebastián, y más tarde a las del Mediterráneo, luego a las del sur y a los dos archipiélagos, a los que ya más que veraneantes acuden turistas en manada movidos por intereses más alejados del clima y en busca de otras maneras de «refrescarse».
Veraneaba el urbanita o el habitante del interior o medianías con capacidad para disfrutar en los meses de estío de una estancia, en viviendas a veces modestas, en las zonas costeras; los naturales no veraneábamos y no éramos veraneantes, aunque disfrutáramos permanentemente de las bondades climáticas de la costa.
Yo veraneaba sin tener plena consciencia de ello, porque, cuando en el mes de junio terminaban las clases y dejaba el colegio en el que como alumno interno cursaba los estudios de primaria y los primeros años de bachillerato, nada me hacía más ilusión que pasar las vacaciones de verano en mi pueblo costero del sur tinerfeño, en el que disfruté de los mejores momentos de mi infancia y adolescencia. Allí siempre iba de vacaciones, mas no de veraneo: mis padres residían en el pueblo desde su vuelta de la que ayer fue la afortunada Venezuela, a la que tantos emigrantes de estas, por entonces, islas desafortunadas partieron en busca de mejor fortuna. La muy favorable acogida de aquellos ciudadanos caribeños es hoy un motivo inexcusable para que en justa correspondencia contribuyamos a atenuar su terrible desgracia.
Mi padre, con toda su buena voluntad y mejores propósitos, me había «desenterrado del mar» y, como al marinero de Alberti, me «trajo a la ciudad», para que pudiera asistir a un mejor colegio y así tratar de compensar las enormes carencias en la enseñanza de aquellos pueblos alejados y dejados de la mano de Dios en los años de guerras y posguerras. Años tristes, dicen los historiadores y que aún recuerdan algunos mayores que vivieron en aquel paisaje gris y padecieron las terribles consecuencias del hambre y la pobreza; sin embargo, aunque parezca paradójico, he de confesar que creo no haber sentido los efectos negativos de la situación, y, más que en el oscuro y triste gris, que sí recuerdo ver reflejado en el Nodo, el mío fue un paisaje multicolor, rodeado de una indescriptible alegría: ¡oh!, feliz edad de la inocencia. No me resultaría difícil, pues, encontrar palabras para expresar la extraordinaria felicidad que me producía el reencuentro con mi entrañable pueblo marinero, en el que disfrutaba de las inmensas posibilidades que para un niño tenía el libre contacto con la naturaleza, lejos de la perjudicial contaminación de los coches y de la refinería y de la peor amenaza a la que están expuestos los jóvenes de hoy: la de las redes sociales y el acceso descontrolado a la Internet, factores que han contribuido a que fueran desapareciendo tantas actividades más lúdicas y creativas.
Disfruté de mis periodos vacacionales libre de las tentaciones del mal utilizado progreso tecnológico, y jugué a la pelota, al boliche y con el trompo, y aprendí a tocar la guitarra y a cantar serenatas a la luz de la luna cuando otros intereses menos infantiles empezaron a manifestarse. Trataré de ilustrar mi enorme disfrute vacacional intentando traer a la memoria viejos recuerdos a través de sus concretas verbalizaciones, pues, como aquellos, las palabras también se han ido perdiendo, y es cuando uno se siente en el compromiso de tratar de evitar olvidarlas y hacer un intento para salvarlas y favorecer su supervivencia. Y voy a hacerlo aprovechando el pretexto del verano y del veraneo, que muchos tuvimos la extraordinaria suerte de celebrar, acercándonos y adentrándonos más al mar. Y tuvimos la oportunidad de navegar en pequeños barcos de pesca, y acomodados en sus leitos recibíamos en nuestros rostros la agradable maresía; desde la borda, observábamos con el mirafondo para asegurarnos de que existían posibilidades de obtener una buena pesca. Fondeábamos, entonces, con la rociega, o el rozón, para evitar que el barco no se moviera del lugar escogido para la faena. Si con una sencilla caña de fabricación casera íbamos a pescar, era preciso coger miñocas durante la marea baja, una de las mejores carnadas, sin duda. En la orilla, cangrejeábamos o pulpeábamos, con aparejos como las fijas y las fatejas. Y nos entreteníamos en coger lapas y burgados, y hasta era posible que encontráramos algún bucio, que, con las debidas modificaciones, se podía utilizar como bocina.
Nuestros mayores nos advertían de las precauciones que debíamos tener si margullábamos y de los peligros que corríamos al bañarnos en determinados charcos próximos a los bufaderos, o cuando la mar estaba mala, o si nos poníamos a coger olas sebando con una pana. Debíamos estar atentos a las aguavivas, denominación general con que designábamos a cualquier animal marino que produjera escozor al tocarlo, como las ortiguillas, las medusas o las carabelas portuguesas, llamadas también ferrecas en La Palma y en El Hierro.
Y no voy a entrar en las denominaciones que dábamos a los pejes, para lo que necesitaríamos mucho espacio y el asesoramiento de un ictiólogo buen conocedor de nuestra fauna marina, pues tanta es la variedad que vive en nuestras aguas. Por su interés gastronómico, citaré las jareas, viejas secadas al sol, y los tollos, tiras de cazón secadas también al sol. Maromas, mantas, pejeperros, burros y hasta conejos, incluso otros con simpáticas denominaciones, como el tapaculo, o la que metafóricamente, y que no voy a mencionar, recibe el cohombro, animal de aspecto desagradable y nada apreciado por nosotros, aunque hoy este innombrable ser marino en su denominación dialectal posee un valor extraordinario en la alta cocina. ¡Cómo cambian los tiempos y los gustos!
Lingüísticamente nuestras vacaciones se asociaban con una interesante riqueza léxica, y como es posible que algunos lectores esperaban que les proporcionara las definiciones de voces dialectales tan comunes para nosotros, confieso que lo he hecho a propósito, con la didáctica intención de despertar el interés por el mejor conocimiento de nuestro entorno y promover, como decía, la revitalización de algunas de nuestras palabras con una sencilla actividad: comprobar el exacto sentido de los canarismos destacados en letra cursiva con la ayuda de algún buen diccionario dialectal, como el Diccionario básico de canarismos, de la Academia Canaria de la Lengua, al que, además de su edición en soporte papel, se puede acceder a través de la red: https://www.academiacanarialengua.org/diccionario/.
Se agradece a cualquiera de los afortunados veraneantes, toda contribución que pueda enriquecer este pequeño repertorio léxico.
Feliz verano.
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