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Opinión | Observatorio

José Miguel González Hernández

Saber, hacer y ser

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Archivo - Billetes, monedas, euros, euro, dinero / EUROPA PRESS - Archivo

El apostar por una reordenación conceptual relevante del capital humano, aplicada al análisis del mercado de trabajo, es especialmente útil en economías regionales por su capacidad para vincular formación, productividad efectiva y entorno institucional. Este orden incorpora matices analíticos importantes, ya que desplaza el énfasis desde las competencias actitudinales hacia la secuencia lógica de generación de valor económico, que van desde la acumulación de conocimiento, pasando por su transformación en resultados productivos para que, finalmente, se produzca su consolidación en comportamientos sostenibles dentro del sistema económico.

Pero más allá de esta introducción grandilocuente, traduciéndola nos indica que el «saber» representa el stock de conocimiento formal e informal acumulado por el individuo a través del sistema educativo, la formación profesional y la experiencia. En términos de economía del trabajo, se corresponde con el capital humano en su dimensión más clásica, donde su relación con la productividad es positiva en términos agregados. La evidencia empírica muestra que incrementos en niveles educativos garantizan mejoras proporcionales en productividad y también en salarios reales, siempre y cuando exista una estructura productiva capaz de absorber dicho conocimiento.

En territorios con especialización en servicios de mejorable intensidad tecnológica, como es Canarias en la actualidad, el «saber» tiende a sufrir infrautilización estructural. Este fenómeno se manifiesta principalmente en el subempleo generando desajustes persistentes entre formación y ocupación. En ese caso no se trata de un déficit de capital humano, sino de un problema de absorción productiva. El sistema económico no demanda en la misma intensidad que el sistema educativo produce, lo que genera una brecha estructural de eficiencia. Otro tema es si lo que se genera en materia formativa es realmente lo que necesita la estructura productiva y social.

Seguidamente, el «hacer» constituye el núcleo operativo del modelo, al representar la capacidad de transformar conocimiento en resultados observables. Es la dimensión donde el capital humano se convierte en productividad efectiva. Desde una perspectiva microeconómica, se aproxima a la productividad marginal del trabajo, condicionada por la tecnología, la organización empresarial y el entorno institucional. De igual manera, en economías con escasos avances en materia de productividad a lo que se le une un reducido tamaño medio de empresa, la capacidad de ejecución productiva se encuentra limitada, independientemente del nivel educativo de la fuerza laboral. Esto genera una restricción estructural sobre el potencial de crecimiento, ya que el conocimiento no encuentra canales adecuados de materialización económica. En este contexto aparece una forma de ineficiencia sistémica, donde más capital humano no se traduce en incremento proporcional del output agregado. La productividad total de los factores se ve condicionada, no tanto por la dotación de recursos humanos, sino por la capacidad del sistema económico para organizarlos y utilizarlos de forma eficiente. El «hacer», por tanto, no es una variable autónoma, sino el resultado de la interacción entre el «saber» y la estructura productiva.

Con posterioridad, el «ser» se sitúa en el último lugar en esta secuencia, lo que implica un cambio interpretativo relevante dado que se refiere a las competencias actitudinales, comportamentales y relacionales que permiten sostener el desempeño laboral en el tiempo, como adaptabilidad, responsabilidad, aprendizaje continuo, cooperación y estabilidad emocional en entornos organizativos complejos. Desde una perspectiva económica, puede interpretarse como un componente del capital social individual, que influye en la eficiencia de las relaciones laborales y en la calidad del funcionamiento organizativo.

A partir de aquí, la interacción entre los tres elementos debe entenderse como un sistema secuencial, pero no lineal. El «saber» constituye la base de capacidades potenciales, el «hacer» representa su materialización económica y el «ser» condiciona la sostenibilidad y eficiencia del proceso productivo en el tiempo asumiendo que, la ruptura de cualquiera de estas conexiones genera ineficiencias. Un alto nivel de «saber» sin «hacer» se traduce en acumulación de conocimiento no aplicado. Un «hacer» desvinculado del «saber» produce eficiencia limitada y escasa capacidad de innovación. O un «ser» desconectado de los otros dos elementos no genera impacto significativo. Todo ello permite analizar con mayor precisión las causas de las disparidades territoriales debido a que las diferencias de productividad entre regiones no se explican únicamente por niveles educativos, sino por la coherencia entre sistema educativo, tejido empresarial y las instituciones que operan. De hecho, las regiones más dinámicas no son necesariamente aquellas con mayor «saber», sino aquellas donde el conocimiento se transforma eficazmente en «hacer», dentro de un entorno institucional que favorece la estabilidad y la cooperación.

El problema central en muchas economías regionales es la existencia de desajustes estructurales entre estas tres dimensiones. Sistemas educativos relativamente desarrollados conviven con tejidos productivos de baja complejidad, lo que limita la transformación del conocimiento en valor económico. O viceversa. Este desajuste genera una pérdida de eficiencia que se traduce en menores niveles de productividad y menor crecimiento potencial. Por todo ello, la política económica regional, bajo este enfoque, no puede centrarse exclusivamente en la expansión del «saber» debido a que la mejora del capital humano, sin transformación del tejido productivo, tiende a incrementar la brecha entre capacidades y oportunidades. Del mismo modo, políticas orientadas exclusivamente al «ser» corren el riesgo de individualizar problemas estructurales. La clave reside en la articulación simultánea de las tres dimensiones mediante estrategias de desarrollo regional.

En esta tríada el fortalecimiento del «hacer» requiere políticas orientadas a la diversificación productiva, la innovación empresarial y el aumento del tamaño medio de las empresas. Sin este componente, el sistema económico no puede absorber el capital humano disponible donde el «saber» necesita ser acompañado de mecanismos de transferencia tecnológica y de integración entre sistema educativo y tejido productivo, dependiendo el «ser» de la calidad institucional y de la existencia de entornos organizativos que favorezcan el aprendizaje continuo. Sin embargo, su eficacia analítica depende de no tratar estos elementos como variables independientes, sino como componentes interdependientes de un sistema económico complejo. El principal riesgo conceptual de este modelo no es su simplificación, sino su posible interpretación individualista. El desempeño del mercado de trabajo no depende únicamente de las características de la población activa, sino de la capacidad del sistema económico para convertir conocimiento en producción y producción en desarrollo sostenido porque la productividad es, en última instancia, un fenómeno sistémico, no únicamente una agregación de atributos individuales. Y, si no se quiere ver así, el fracaso estará asegurado.

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