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Opinión | NOTAS DEL MÓVIL

No pude evitar preguntarme

Escritorio de trabajo con foto de Carrie Bradshaw

Escritorio de trabajo con foto de Carrie Bradshaw / @tutudominguez

Esta semana he cogido la costumbre de rezarle a una foto de Carrie Bradshaw como si fuera una santa. Estaba teniendo una mañana complicada y alguien antes de llegar al trabajo me preguntó si creía en Dios. Mi honesta reacción fue pensar: son las nueve de la mañana de un martes de verano y yo estoy de camino a la oficina, la verdad que me da un poco igual si existe o no. Pero me limité a sonreír y responder: honestamente no lo sé. 

Y es que supongo que cuando somos niños la idea de Dios está un poco construida en torno al hecho de que siempre podemos contar con el verano. Es invierno, está lloviendo, tuviste un mal día en el cole y estás triste. No hay nada rico para merendar y ningún vídeo de Youtube te llama especialmente la atención. La esperanza de que un día llegará junio, de que un día llegarán esos dos meses sin tener que ir al colegio, de ir a la playa, de ver vídeos hasta la madrugada, es un pequeño impulso que anima a que te levantes del sofá y te pongas a hacer otra cosa. 

Pero cuando creces y el verano es una estación más (dura revelación que puso en palabras una amiga el otro día) la idea de Dios se desdibuja un poco. Nuestro sistema de creencias empieza a depender del fin de semana, al que muchas veces llegamos tan cansados que no descansamos por planificar cómo vamos a hacerlo. 

Es por eso que imprimí una foto (en blanco y negro y con errores de tinta) de Carrie y la pegué en la parte negra que sostiene la pantalla de mi ordenador en la oficina. No recuerdo de qué temporada es, ni la escena en concreto, pero está ella frente a su Macbook negro, con un top verde y sus argollas de oro con su nombre. Tiene los ojos cerrados, las manos apoyadas en la frente, y los labios (perfectamente cubiertos de lipgloss) ligeramente abiertos como para exhalar. 

Verla me trae calma. Siento que cumple la función de ser un alivio cómico en medio de una historia dramática escrita por Nora Ephron para el cine, en la que un jóven lidia con el duelo de crecer su infancia para adentrarse en el mundo adulto. Esto surge de que mi cuerpo, malacostumbrado a 23 años de nueve meses de ser funcional y luego un verano para no hacer nada, me pide algo a lo que aferrarse para poder seguir produciendo, en rutina, y activo. 

Supongo que si me volviesen a hacer la pregunta de si creo en Dios, y tuviese las ganas de ser honesto (porque no siempre las tengo y mentir siempre es divertido), diría que no pero que tengo completa certeza de que si Carrie Bradshaw pudo aguantar que Mr. Big se fuera a París y se casase con una mujer mucho menor que ella, yo puedo aguantar mi primer verano trabajando.

Miro la foto de mi nueva santa mientras escribo esto y no puedo evitar imaginarme visto desde un plano medio: mi mirada fija en la pantalla del ordenador a la vez que escribo, dejo de teclear para anotar algo en boli, me lo pongo en la boca y regreso mis manos al teclado. De fondo, una voz en off que dice: Si la adultez está marcada por el inicio de nuestra vida laboral y en consecuencia dejamos de creer que hay una fuerza mayor, no pude evitar preguntarme ¿es el trabajo satán?. 

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