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Opinión | Claroscuro

La crianza como proyecto

Campamento de verano en el CEIP La Verdellada, La Laguna

Campamento de verano en el CEIP La Verdellada, La Laguna / María Pisaca

Cuando tenía once y doce años fui a dos campamentos de verano. Nos quedábamos en casetas de campaña, hacíamos senderismo, rafting, contábamos historias de miedo por la noche. Durante diez días vivíamos fuera de la mirada de nuestras familias. Conocíamos a otros niños. No hacíamos nada productivo, o al menos no éramos conscientes de hacerlo.

A veces tengo la sensación de que, pese a que los padres quieren tanto a sus hijos como antes, eso ha cambiado. La eterna aspiración - «quiero lo mejor para mis hijos»- se ha adaptado a la lógica de nuestra época y las agendas infantiles se han llenado de interminables tareas. Inglés, alemán, robótica, oratoria. Durante el curso escolar, el colegio se expande en forma de clases de refuerzo, deporte o música. Esa prolongación cada vez llega más al verano. Los campamentos ya no son necesariamente un espacio para perder el tiempo, sino una extensión del currículo infantil. No hay espacio para aburrirse, porque el horario de los niños se tiene que adaptar al de los padres, pero también porque desperdiciar el tiempo se ve como un fracaso. En las horas muertas los niños también deben estar adquiriendo una nueva habilidad que les allane el camino hacia un futuro que cada día vemos más incierto.

Santiago Gerchunoff ha leído con mucha lucidez esa transformación que han experimentado la infancia y la crianza. Su experiencia académica y la paternidad le han servido para escribir En la era de los niños cosa, un ensayo publicado este año por la editorial Lengua de Trapo en el que reflexiona sobre ese empeño contemporáneo de perfeccionar a los hijos. En sus páginas, en las que no falta el humor, presenta a los niños de hoy como proyectos optimizables: pequeñas personas a las que incorporar capacidades o competencias.

No sé si esa pérdida de la noción del calendario propia del verano sigue vigente entre la infancia actual. Esa sensación de levantarte y no saber qué día de la semana es. De que pasen las horas en casa, con los abuelos o con unos amigos de tus padres que se han hecho cargo de ti. Seguramente aún queda algo de esa suspensión de los relojes. Pero vamos cada vez más hacia un territorio más calendarizado. Y al final, cuando más derechos tiene la infancia y más la protegemos, menos dura. Que los veranos se hayan llenado de horarios y quehaceres es la señal más evidente de que este período se ha acortado.

Gerchunoff sostiene que los padres han convertido a los niños en un proyecto personal, algo que creen elegir con criterios no muy distintos a los que aplicamos para conducir todo lo demás en nuestras vidas. Al sentirlos como algo propio, asumen una responsabilidad casi obsesiva por educarlos, mejorarlos, hacerlos. Y confunden, de hecho, criarlos con hacerlos. «Sí, los vamos haciendo, elaborando, modelando: les inyectamos inglés, guitarra, teatro y marketing o inteligencia emocional», escribe.

No tengo hijos, pero me pregunto si, de tenerlos, no haría exactamente lo mismo. ¿No es un signo de amor absoluto querer lo mejor para ellos? ¿Hacer sacrificios, incluidos los económicos, para que hablen dos idiomas y cuando crezcan tengan más oportunidades?

Pese a que acumulamos una experiencia de miles de años en hacerlo, pocas cosas hay más difíciles que criar a un hijo, una ciencia en la que cada día se producen nuevos hallazgos que, sin embargo, resultan casi siempre provisionales. Al final, la única hoja de ruta en la que creo que depositaría mi confianza sería la que trazó la escritora Natalia Ginzburg. «Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor por el prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber» (…) Los niños deben saber desde pequeños que el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo, y que, sin embargo, es preciso amar el bien y odiar el mal, y no es posible dar una explicación lógica de esto.

Quién sabe. Quizás educar consista en transmitir algo que está fuera de cualquier programación académica y que tiene que ver con el amor a la vida. Y puede que por eso sea tan difícil hacerlo.

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