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Opinión | Reflexión

Las camas del abandono

Las ayudas asignadas a la dependencia en ocasiones llegan tarde a los beneficiarios, cuando ya han fallecido.

Las ayudas asignadas a la dependencia en ocasiones llegan tarde a los beneficiarios, cuando ya han fallecido.

Es algo muy parecido al procedimiento de abandonar a un perro en la carretera. Se ata la correa a un poste y se arrincona la humanidad en el apeadero. A los que nos cuidaron los lanzan y se olvidan de ellos. Sin ningún pudor. Les dan la mano y los dejan en la sala de espera. Llega el verano y en Canarias no solo se abandonan perros, también a nuestros padres o abuelos. La temporada alta trae consigo colocar a los mayores dependientes en un hospital como quien deja al perro en la residencia canina de turno. Cuídemelo usted, que yo me voy a Lanzarote y como comprenderá, no tengo tiempo. El hospital, ese lugar pensado para curar, se convierte en depósito de personas que se ven desatendidas de una manera muy injusta. Algunos ni giran la cabeza, como lo hacen con los perritos en las carreteras y descampados de nuestra tierra. Y lo más incómodo del asunto es que no hablamos siempre de familias sin recursos ni sin alternativas, porque con demasiada frecuencia son personas con posibilidades que cogen el camino más rápido hacia la comodidad. El resultado de toda esta ignominia es una estadística que debería avergonzarnos como sociedad: camas hospitalarias ocupadas, no por enfermedad, sino por abandono. La ocupación permanente de entre 500 y 600 camas hospitalarias por pacientes que ya han recibido el alta médica tiene un efecto en cadena sobre todo el sistema sanitario canario. Cada una de esas camas es un paciente agudo que no puede ingresar, una intervención que se demora o una urgencia que colapsa un poco más. Si esas camas pudieran destinarse a pacientes que realmente requieren asistencia hospitalaria, el sistema sanitario canario estaría en condiciones de realizar hasta 12.000 ingresos adicionales cada año. En el otro lado de la operación, una Ley de Dependencia que llega, pero algo tarde. El gasto sanitario se dispara atendiendo una necesidad que no es médica sino social. En esta desesperanzada ecuación entra una nueva variable: la conciliación laboral. En Canarias, con salarios ajustados y jornadas que no perdonan, se convierte en una encerrona, porque o cuidas y dejas de trabajar, o trabajas y dejas de cuidar. Nadie ha querido diseñar todavía la fórmula que permita las dos cosas a la vez sin perder dinero. Las empresas miran para otro lado, la administración firma convenios que luego no financia, y la persona dependiente, la que menos culpa tiene de todo esto, termina siendo el ajuste de un sistema que no la protege. Incluso hay grandes dependientes que no pueden ir a residencias privadas porque no pueden atender esos grados de dependencia. Lo más sencillo es lanzarlos en la sala de esperar o no irlos a buscar cuando ya se han recuperado. Cientos de casos en los hospitales de Canarias, de los cuales muchos de ellos no tienen justificación. Tratamos a quienes nos sustentaron con desprecio y pasotismo, olvidándonos de lo que fueron y lo que fuimos. Para eso no hay sistema ni político al que criticar. Nosotros tenemos buena parte de culpa en esta compleja metáfora de las camas del abandono.

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