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Opinión | El recorte

Josep María Fonalleras

Meditaciones sobre fútbol

Rodri celebra el Mundial conquistado con España.

Rodri celebra el Mundial conquistado con España.

Un evento deportivo que acaba siendo escenario del comportamiento social y la reflexión política como el Mundial de fútbol tiene tanta trascendencia gracias a una obviedad. Se celebra cada cuatro años. La propia dinámica de la organización (que se jacta de perfil planetario) haría imposible una Copa del Mundo anual. Esta evidencia hace que el evento provoque el alud de adjetivos a los que estamos acostumbrados y que está presidido por el inevitable «histórico». Es histórica la primera participación de un país, es histórico el registro de goles, son históricos determinados partidos y lo es también (hoy en día, todo se mide estadísticamente) el número de saques de esquina lanzados desde la izquierda. Cuatro años, como ocurre con los Juegos Olímpicos, es una cifra que marca un ritmo determinado y que trasciende la medida habitual de nuestro tiempo para pasar a ser un hito pensado para el recuerdo.

A finales del siglo XIX, los partidos entre combinados de Escocia e Inglaterra eran considerados como el campeonato del mundo, porque aquel deporte que nació en las islas Británicas (adoptado enseguida por las clases populares) prácticamente solo existía allí, y no fue hasta 1930 (después de las experiencias olímpicas de exhibición y de la competición oficial de París–1924 y de Amsterdam–1928) que la Copa del Mundo fue una realidad intercontinental. Desde entonces, el carácter simbólico del torneo se ha ido acentuando, con el aporte cuatrienal de nuevas mitologías y con un trasfondo político innegable, desde el triunfo de una Alemania que se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial en 1954 (el famoso milagro de Berna ante Hungría, reflejado en la escena final de El matrimonio de Maria Braun, de Fassbinder) hasta la trágica proximidad del Monumental de River y la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, centro de detención y tortura de la dictadura de Videla. Los supervivientes narran que, en medio de las vejaciones, podían oír los gritos de euforia con los goles de Argentina, en 1978.

El fútbol (el del espectáculo universal) se ha convertido en un evento que se basa en una impostura y una falacia. Es un espacio reservado para la efervescencia kitsch, neutra y amorfa, arrinconando las injerencias políticas, y es una impostura sobre la cordialidad de las naciones en favor de la paz en el mundo. Mientras nos tragamos el elogio tranquilo de la globalidad y la multiplicidad (con colorines, bailes y gritos de guerra adiestrados y dóciles), resulta que se acentúa la exacerbación del nacionalismo, es decir, de todo aquello que nos individualiza y que nos distancia, que genera repulsa y desprecio del otro. Lo hemos visto estos días con España, pero lo hubiéramos vivido igual con cualquier selección. El problema es que ha ocurrido aquí. No hace falta ser demasiado perspicaz para entender el significado último de la victoria, más allá de los buenos sentimientos y de los apotegmas morales a favor de la diversidad. Ha sido un triunfo de lo más rancio, una oportunidad para nada desaprovechada a favor de la unidad, disfrazada de lazos sentimentales.

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