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Opinión

El éxito honesto

Redes sociales

Redes sociales / Agencias

Recuerdo como si fuera ayer cuando mi antiguo editor me dijo: «Ahora pones en Facebook que la presentación ha sido un éxito y todos contentos». Habían venido cuatro personas a verme a Granada: dos de la editorial, una compañera autora y una mujer que pasaba por allí y se sentó a escucharme. Yo tendría veintidós años en ese momento, pero tenía muy claro que ese no era el camino que quería construir. No por la falta de convocatoria, que nunca es plato de buen gusto, sino por la falta de honestidad.

Vivimos rodeados de falsedad. Las redes sociales nos embaucan, nos hacen creer que el éxito es una foto bonita con filtros, música de moda y una amalgama de likes, comentarios, compartidos y guardados que aumenten el dichoso engagement. Lo que enseñamos ahí es lo que creemos que es el éxito porque nadie muestra sus miserias, su lado malo; y es lógico.

Lo que me planteo es que ese camino nos lleva a la superficialidad más resplandeciente, enterrando, mientras tanto, la profundidad más oscura. No hay grises. Además, es curioso que, cuanto más éxito sentimos que tiene la persona que tenemos enfrente, más fácil es que nos interesemos por ella. Ese es el gran problema.

Durante mi carrera he conocido a muchos escritores. Muchísimos. Una gran parte de ellos exageraban (y exageran) sus ventas para incrementar el valor que perciben los lectores. Porque claro, cuando te han leído más de cien mil personas, algo especial tienes: habrá que leerte. Ese patrón siempre me ha parecido peligrosísimo porque acaba condenando a los pequeños a ser más pequeños y a los grandes a convertirse en más grandes aún. Y, si encima nos basamos en mentiras, se va levantando un castillo de naipes que no favorece a nadie.

Me apena decir que es algo que veo cada día, en cada Feria del Libro. Existe, además, una envidia insana por ser (o parecer) más que el escritor de al lado. Siempre he considerado que la competitividad, bien llevada, es una cualidad fundamental para seguir mejorando. Ver que mi compañero hace algo mejor que yo debe motivarme a crecer, no a intentar pisarlo con todas mis fuerzas hasta que se rinda.

Existe el eterno debate de si se debe separar al autor de su obra. Yo lo tengo clarísimo: no quiero separarlos. Prefiero un escritor del montón que sea una persona decente a disfrutar de la mejor obra, terminada por alguien que no tiene los mínimos valores humanos. Porque esa gran novela puede pasar a la historia, ser tu legado, y la gente acabará olvidando quién eras; solo recordarán tus palabras escritas. Pero, para mí (y sé que esto es muy personal), eso no vale nada si quienes me conocieron no pensaban en mí como un compañero, sino como un enemigo.

El éxito es y siempre ha sido subjetivo. Depende más de tu visión y tus creencias que de cualquier umbral que haya que cruzar. A veces esa subjetividad se utiliza para considerar éxito todo lo que hacemos y creo que esa no es la idea.

Por mi parte, no considero un éxito mi presentación en Granada de cuatro personas. Fracasé. ¿Qué problema hay en reconocerlo? Sí, fracasé. Y luego aprendí. Seguí adelante sin rendirme. He seguido luchando por mis libros diez años después de eso, y sigo fracasando a veces. Pero eso hace que el éxito que siento ahora sea mucho más valioso.

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