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Opinión | OBSERVATORIO

Las comparaciones no siempre son odiosas

Billetes, monedas, euros, euro, dinero

Billetes, monedas, euros, euro, dinero / EUROPA PRESS - Archivo

No sé ahora, pero las madres de mi generación nos dijeron que compararse con otros es de mala educación. Sin embargo, los economistas tenemos la fea costumbre de estar siempre comparando y detectando diferencias entre personas o lugares.

Nos interesa saber qué parte de la población es más pobre, quiénes tienen un nivel educativo u otro, cómo contribuyen las personas a la hacienda, si las mujeres y los hombres tienen diferentes tasas de actividad, empleo y paro, y así indagamos en aspectos que reflejan diferencias sociales importantes. Además, nos preguntamos por las razones que explican esas diferencias e intentamos elaborar políticas para reducir las que la sociedad considera injustas.

También comparamos lugares. Nos preguntamos qué países o regiones son ricos y cuáles pobres, calculamos su actividad económica y nos preguntamos por las razones de las diferencias. Además, nos interesa la convergencia, esto es, si entre dos países o regiones la diferencia de la actividad económica va incrementándose. Por ejemplo, siempre estamos comparando el PIB per cápita de Canarias con el de España y la Unión Europea, para hacernos una idea de si nos vamos acercando a los que viven mejor, y entonces nos preguntamos cuáles son las razones de la divergencia. Algunas personas saldan la cuestión señalando la existencia de diferencias de productividad. Y, sin embargo, la cuestión es mucho más compleja.

Nos interesan comparaciones con nuestro pasado y con lo que ocurre en otras economías. De esta suerte, mirando hacia atrás, detectamos tendencias fuertes que marcan el futuro, a las que llamamos ‘rinocerontes grises’, ciclos que se repiten con diferentes niveles de intensidad. Comparando unas economías con otras situamos las pautas de inserción internacional, y podemos establecer tipologías útiles para establecer estrategias de éxito.

Todo esto viene a cuento del interesante debate abierto en mayo por Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, con la publicación en Substack de un texto titulado Está Europa en declive económico, el 10 de mayo, al que siguió Desafiando la narrativa del declive europeo. No creo que la palabra productividad signifique lo que la gente piensa que significa, del 25 de mayo, y otro del 5 de julio, Desempeño económico de Europa frente al de Estados Unidos: una actualización.

La tesis de Krugman fue rebatida en artículo firmado por Philippe Aghion, también premio Nobel de Economía de 2025, Antoni Bergeaud y Luis Garicano, que se publicó en Project Syndicate, el 29 de mayo, La medición errónea de la productividad de Europa. Otras publicaciones han ido apareciendo desde entonces: el artículo La medición errónea de la economía europea, de Sami Mahroum, el 1 de julio, y el de Mariana Mazzucato La verdadera trampa de la competitividad, el 30 de junio, ambos en Project Syndicate. Para completar el debate, por el momento, Martin Wolff, el prestigioso periodista de Financial Times y autor de La crisis de la democracia capitalista, publicó el 15 de julio, en la página de opinión de este diario, el artículo ¿Quién está mejor, Estados Unidos o Europa?

La tesis mantenida por Krugman discute la impresión extendida del declive económico de Europa y la sostenida divergencia con EEUU Como se recordará, el Informe Draghi, de 2024, alerta sobre la pérdida de competitividad de la economía europea. Este informe ha sido ampliamente debatido e inspira la toma de decisiones actuales sobre el apoyo al sector tecnológico, especialmente, en su vertiente militar. Krugman se apoya en un artículo de Seth Ackerman, La productividad de Europa sigue superando a la de Estados Unidos. Un análisis más detallado de algunas estadísticas famosas, de 19 de febrero, publicado en Informer. En las que se discute la diferente valoración del cálculo del PIB a precios corrientes, constantes, las implicaciones de los tipos de cambio y el poder adquisitivo.

La cuestión es la siguiente: los indicadores más comunes de crecimiento de la productividad y el PIB señalan una brecha cada vez mayor entre Europa y Estados Unidos, pero si uno compara el PIB per cápita europeo o la productividad europea con la de los EEUU año tras año, utilizando métodos totalmente estándar, no se observa una brecha cada vez mayor. De hecho, la brecha entre Europa y América, si cabe, se ha reducido ligeramente en los últimos 25 años. Krugman señala que la tesis del declive, que según él los datos desmienten, tiene implicaciones para Europa: a) Geopolítica, puesto que la influencia futura de Europa dependerá en gran medida de si se encuentra o no en un declive económico relativo a largo plazo. b) Sostenibilidad fiscal, porque si Europa está perdiendo competitividad, esto podría socavar su capacidad para mantener una sólida red de protección social. c) Política, puesto que los conservadores, especialmente en Estados Unidos, aunque no exclusivamente, suelen aprovechar el supuesto declive económico de Europa para afirmar que el modelo europeo no funciona y que el capitalismo estadounidense es la única solución.

La explicación de esta paradoja se encuentra en el crecimiento del sector tecnológico de EEUU y su aportación al PIB. El sector tecnológico representa solo el 9,2% del PIB estadounidense, frente al 5,4% del de la UE, casi la mitad de la diferencia en el crecimiento de la productividad entre ambas economías se explicaba por las diferencias en el tamaño relativo de este sector. Además, el crecimiento de la productividad en el sector tecnológico de la UE (relativamente pequeño) también se midió como inferior al del sector estadounidense. Por lo tanto, en conjunto, el sector tecnológico explica más de la mitad de la diferencia total en el crecimiento del PIB per cápita.

El problema lo resume Martin Wolff: «La conclusión es que Europa no sufre ninguna desventaja en términos de bienestar relativo con respecto a Estados Unidos. Pero –y esto es crucial– es, en efecto, mucho más débil. Sobre todo, su capacidad para aprovechar los avances tecnológicos estadounidenses depende del acceso a los suministros de Estados Unidos. Las grandes amenazas a las que se enfrenta Europa no son meramente económicas. Son amenazas a la seguridad y la defensa. Debe hacerles frente».

La antítesis planteada por Philippe Aghion, Antoni Bergeaud y Luis Garicano no discute los problemas de cálculo planteados por Krugman, y valora ante todo que la productividad hora es cada vez más distante entre la economía europea y la de EEUU. Pero, la cuestión fundamental es que «los mercados de la Unión Europea están demasiado fragmentados. Las empresas europeas siguen siendo demasiado pequeñas. Sus mercados de capitales carecen de la profundidad necesaria. Y su tecnología, en particular las herramientas digitales, se difunde con demasiada lentitud. Además, Europa cuenta con muy pocas empresas tecnológicas con proyección global».

Es importante destacar una última reflexión: la innovación sin duda es importante para el crecimiento económico, pero no necesariamente para el nivel de vida de un país. Los productos fabricados en Silicon Valley se han abaratado progresivamente con el tiempo debido a la competencia nacional e internacional, lo que obliga a las empresas de TI a trasladar las ganancias de productividad a los consumidores en forma de precios más bajos.

Este debate es pertinente desde nuestra perspectiva insular, puesto que debatimos sobre la productividad de la región. Es un asunto complejo. La competitividad de las empresas, la eficiencia de la Administración pública y la solidez de las decisiones económicas son complejas e invitan a un debate de «pensar lento», más allá de la inmediatez que se produce con una primera impresión. Nuestra economía es pequeña, pero muy compleja. Así que las propuestas no pueden ser del tipo «esto lo arreglaba yo enseguida…».

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