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Opinión | El recorte

Bendita ignorancia

Corresponsales de guerra ante el Alcázar de Toledo, destruido.

Corresponsales de guerra ante el Alcázar de Toledo, destruido. / EFE

Si hay que concretar en una sola patología la muerte de la última República española habría que decir que falleció porque perdió la moderación. La actual izquierda, embebida en la Memoria Histórica como instrumento político, se centra en los atroces actos de la dictadura que siguió al golpe de Estado de los militares, el 18 de Julio de 1936. Pero pasa por alto la incómoda evidencia de que el proyecto de la República, como espacio de convivencia y democracia, había fracasado.

Quienes analizan el pasado colocando muertos en los dos platillos de la báscula de la historia jamás podrán entender otra cosa que lo que miran: nuestros muertos siempre pesan más que los otros. Y así el análisis del fratricidio de hace casi un siglo se convierte en una exhibición de tumbas, que es lo que este país siempre ha sabido fabricar con más eficacia en su pasado. Tuvimos cuarenta horrendos años de dictadura y llevamos casi medio siglo de paz, democracia y libertad. Y aún sigue pesando más la horrible muerte que la vida.

A la República, antes de Mola, Sanjurjo y Franco, se la quisieron cargar otros, aunque no tuvieran éxito. Lo intentaron Largo Caballero, Prieto y Companys. Para la izquierda socialista de la época era el momento de la revolución y la dictadura del proletariado. Para los independentistas era el momento para quebrar la odiada España. Para los monárquicos había que acabar con la República para hacer regresar al Rey que salió por piernas. España tuvo una República con muy pocos republicanos aunque fueran, sin ninguna duda, las mentes más lúcidas y descollantes de la época.

Salvador de Madariaga escribió que durante los primeros años de la República dio la sensación de que se legislaba «más contra el pasado que por el porvenir». Tusell recoge la enorme conflictividad social de la época protagonizada por unos sindicatos y patronales abonados a la violencia y el pistolerismo. «En 1933 se batieron todos los récords en el número de jornadas perdidas como consecuencia de las huelgas, incluyendo la etapa de la primera posguerra mundial: casi catorce millones y medio y unos ochocientos cincuenta mil huelguistas. Un dato terrible si lo comparamos con el año central de la dictadura de Primo de Rivera, en 1926, fecha en que hubo tan solo unos veinte mil huelguistas y doscientas cincuenta mil jornadas perdidas».

La dictadura de Primo de Rivera fue el primer aviso de que una gran parte de los españoles estaba creando el caldo de cultivo propicio, unos por acción y otros por deseo, para un «cirujano de hierro». Lo hemos visto una y mil veces en la historia de los países. Las situaciones de colapso económico y social, el desentendimiento radical entre los diferentes grupos sociales y las ideologías, termina produciendo caos, desorden y violencia. Y de ese fracaso colectivo surge siempre una respuesta autoritaria y populista.

Lo vio venir con una enorme lucidez un periodista español llamado Manuel Chávez Nogales: «Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que partieron España».

Casi un siglo después de aquel matadero, en España los diputados no van al Congreso con pistolas. Los sindicatos no asesinan patronos. Y las patronales no contratan pistoleros. Pero hay que estar ciego para no percibir el deterioro de la convivencia política y la pérdida irreparable de la moderación.

Las nuevas generaciones no saben de qué les hablan los nostálgicos de uno y otro lado. Hacen bien en ignorarles, porque quieren utilizar la nostalgia del pasado para ocultar su incapacidad del presente. Los viejos viven del gol de Zarra y los jóvenes de lo que pasará esta tarde en Nueva York.

Estas nuevas generaciones, a quienes a veces llamamos ignorantes, aunque hablen varios idiomas y tengan mejor formación que sus padres, van por la vida sin la mochila de los prejuicios pasados. Votan y piensan lo que quieren. Sin complejos. A veces sin orden. Mezclando ideas de un lado y del otro para estupor de quienes intentan estabularles en las cuadras de la ideología. Si alguna esperanza tiene este puñetero país de no repetir los errores del pasado, está en ellos, que pasan de todos nosotros. Bendita ignorancia.

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