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Opinión | NOTAS DEL MÓVIL

No hay que irse lejos para tenernos más cerca

Un grupo de amigos disfruta de una sesión de cine.

Un grupo de amigos disfruta de una sesión de cine. / SHUTTERSTOCK

Cuando pienso en el mundo en el que vivimos y los problemas que afrontamos como sociedad, me es inevitable ver la búsqueda de comunidad como nuestra principal añoranza, y la pérdida de la misma como pilar fundamental de nuestro desasosiego colectivo.

Escuché en un podcast el otro día a las investigadoras Ana y Carmen de ‘Las Hijas de Felipe' hablar sobre cómo el auge de nun core o la estética monástica femenina es un ejemplo de la necesidad que tenemos de formar parte de un grupo. Lux de Rosalía o ‘Los Domingos’ de Alauda Ruiz de Azúa serían ejemplos de lo mismo: historias de aferrarse a lo espiritual, a la posibilidad de la vida contemplativa y de sororidad que ofrece el convento, como “solución” a las angustias de la posmodernidad.

Y a pesar de que puedo entender de dónde viene todo esto, no puedo evitar cuestionar el por qué la búsqueda de comunidad tiene que ir ligada al resurgimiento y promoción del conservadurismo y de las instituciones de extrema derecha. Supongo que sí va a ser verdad lo de que somos el único animal que se tropieza con la misma piedra, o de que volvemos siempre a lo que creemos conocer, da igual si nos hace daño.

Pero sí me parece que es un ejemplo de que estamos sedientos de un fisco de contacto más allá del like. Todos tenemos nuestros amigos de toda la vida, los amigos que son circunstanciales, tenemos compañeros de oficina, familiares, parejas, etc., pero no puedo evitar pensar en los espacios que antes propiciaban la formación de una comunidad más allá de eso, donde la relación que mantenías con esas personas, más allá de una amistad, era el sentimiento compartido de creer, admirar, luchar, o simplemente disfrutar de algo.

Es la función de tercer espacio que algún día tuvo el cine o los clubes de lectura. Una función que además, en estos casos, estaba ligada al mensaje lorquiano de hacer de la cultura algo accesible, algo cercano, algo que salga del ‘cubo blanco’ y pueda ser disfrutado por todos.

Siento que nos hace falta reformular la idea que tenemos de relacionarnos y darle un nuevo uso a la creación de comunidad en torno a aquello que nos nutre, que nos hace pensar, o que al menos nos ofrece la posibilidad de tener una conversación con alguien que vaya más allá de un comentario en Tiktok.

Y es que no es necesario recurrir al metaverso para poder interactuar entre nosotros. A veces la respuesta está ya materializada, e incluso cerca. Yo he podido hacerme un huequito y disfrutar de esa sensación de comunidad participando en Pliegue, un festival de autoediciones y cultura queer que gestiona el programa público TEA Onda Corta. Allí he tenido la suerte de llevar, de la mano de Juan Gabriel Sánchez, nuestro proyecto OJODLOCA Editorial, dar a conocer nuestra propuesta, indagar en la de otros grupos y echar la tarde con personas chulísimas.

Por eso creo que es importante que pensemos y demos plataforma a las problemáticas que vivimos, hacer conciencia de las posibilidades de mejora y los imperativos con los que deberíamos estar contando y no lo hacemos. Pero también me parece de suma importancia reconocer aquello que sí está. Aquello que nos ofrece un espacio para conectar con lo que nos gusta y nos permite generar una conversación y una comunidad en torno a eso. Yo he tenido la suerte de vivir Pliegue así y para mí es un recordatorio de que a veces las posibilidades de encontrar un suspiro en el aglomerado productivo que es el día a día no es utópico, y mucho menos es algo que solo podemos encontrar yéndonos lejos.

Nos han acostumbrado a que la mayor exaltación de la libertad y la comunidad se puede conseguir viviendo en Manhattan, teniendo mucho dinero, y con un grupo de amigas a lo Sexo en Nueva York, y probablemente sea cierto. Pero a veces también nos podemos sorprender si abrimos la ventana y vemos nuestro propio jardín.

Siempre crecen flores en los lugares más inesperados.

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