Opinión | Risas y fiestas
Amar

Amar. / El Día
Recuerdo leer con estupor esta frase en La señora Dalloway de Virginia Woolf: «Amar nos separa de los demás». Yo le hago caso a Virginia Woolf en muchas cosas, pero me chocó tanto esa afirmación que tuve que subrayarla, cuestionarla, pensar en ella hasta lograr encontrarle un sentido que no solo se correspondiera con una dirección racional sino con algún asentimiento hallado en mi experiencia vivida. Pienso que en ese momento era demasiado joven para entender una idea tan compleja, con tantas aristas, y a la vez tan sencilla. Pero es posible que simplemente fuera eso: amar nos separa de los demás por lo que puede volverse el amor, y afrontar eso no es fácil, bajar del escalonito de arriba de la escalera más alta algo que se merece estar ahí para entender que el hecho de que esté ahí lo complica es, en fin, muy difícil.
Hay una situación que mis amigas usan mucho para hablar de cosas que son buenas pero se vuelven malas: la tarta de Matilda. De pequeñas vimos Matilda (1996) y nos traumatizamos cuando a Bruce, un niño castigado por robar comida, le sacan una tarta de chocolate deliciosa, gigante, y le obligan a comérsela toda sin dejar ni una miguita. Es una escena fuerte, porque al principio Bruce está muy envalentonado y come con muchísimo placer, pero poco a poco la situación va venciéndole y una puede sentir sus ganas de vomitar y el asco que de pronto le estará dando algo que es, objetivamente sigue siendo, tan bueno. Mis amigas se agarran a esta escena para ilustrar esa compleja sensación de que algo buenísimo se vuelva, por acumulación, por avance, por cosas varias, malo. Es curioso que crea que era joven para entender la frase de Virginia Woolf y a la vez la entienda a través de una referencia de la infancia. A veces siento que las ideas que tenemos ya están ahí, esperando explotar.
El amor es, decía, como esa tarta de chocolate deliciosa que anhelas frotándote unos dedos con otros, un dulcito blando que no podría hacerte nada doloroso, una de esas bellezas de este mundo que nos empujan a estar vivas y nos consuelan de los horrores. Hace falta agarrarse a él para transitar en la vida, creer en su magia y su poder, un tipo de fe que se asienta precisamente en saber que estamos las unas con las otras y lo que podemos sentir las unas por las otras es en sí mismo un universo, un espacio mucho más largo que el espacio que contiene males tan terrenales. Lorrie Moore dice en su cuento Que es más de lo que puedo decir de ciertas personas: «No importaba el miedo o la belleza que podía generar la tierra (vientos, mares), una persona podía generar lo mismo». Lo fuerte del amor es que es corporal, orgánico, y a la vez espiritual, salvador, algo a lo que entregarte frente a los terrores profundos de que nada sea nada. Gana siempre. Creo yo que gana siempre. Y sentir amor siempre es un privilegio, un regalo, siempre nos agranda las partes agrandables nuestras y nos entrega la certeza de que sí, claro, es bueno estar vivas.
Otra cosa hermosa del amor es que no puede comprarse. Esa tartita de chocolate te aparece sola, sin que puedas anticiparla ni pedirla. Llega de pronto y tú solo puedes recibirla y saborearla como puedas y abandonarte a todo su pringue.
Y supongo que esa es una de las aristas. Esta idea del amor choca profundamente con unas subjetividades, las nuestras, que se han gestado en la idea de que lo bueno que experimentamos nos viene porque nos lo merecemos y, si no nos viene, pues es porque no nos lo merecemos. Hay que hacer algo para que venga el cachito tarta de una vez ya, y solo cuando venga sabré que soy digna de esos vientos y esos mares que dignifican la vida. Solo si yo soy viento o mar explícitamente, de la forma que busco, seré digna de la vida. No puede comprarse el amor, pero hemos aprendido a verlo como un valor añadido al yo, como un capital del yo que debemos sostener y mostrar. Por eso, claro, los estallidos de amor repentinos por gente, o los amores que no van hacia ninguna meta normativa, es decir, que no terminan en una relación de pareja arribísima del todo, nos parecen tan frustrantes, tan terribles. Una tarta que no nos queremos tragar. Lo bueno, lo hermoso, atragantado todo. Aparece la tarta pero lo que queremos nosotras es ser la tarta.
Amar, por eso, puede separarnos de los demás: es fácil que el amor nos hiera el ego. Sin embargo, amar siempre es estar cerca de los demás, asumir que la vida es con ellos, que para eso estamos aquí. Amar es, creo, lo que dignifica este camino. No tanto ser amadas.
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