Opinión | Un carrusel vacío

Profesora, Dra. en Literatura española. Premios de poesía: Carmen Conde, León Felipe, Paul Beckett.
Soplar el cartucho

Soplar el cartucho
Mi primera experiencia con una consola fue con la Game Boy Color. Corría el año 2000 y yo tenía diez cuando vi, en la tienda de videojuegos de El Corte Inglés, el Pokémon Amarillo, con un Pikachu monísimo en la portada. Hasta entonces, nunca me había interesado el mercado de los videojuegos. Hasta entonces. Mis padres dijeron que, ya que quedaban pocos días para el cumpleaños de mi hermano –era junio–, se lo apuntaban como posible regalo.
Una semana más tarde, mi hermano desenvolvió un paquete que resultó contener una Game Boy Color turquesa con el juego de Pokémon Azul. La Game Boy era para los dos, nos dijeron. Lo cierto es que yo salí ganando, a pesar de no ser mi cumpleaños, porque me cayó el Pokémon Amarillo. Recuerdo que nos turnábamos para jugar. Jugábamos, sobre todo, en los viajes largos en coche –por entonces todavía no me mareaba–. Tras los juegos de Pokémon llegaron otros de Super Mario, Wario, etc. Y unos años después, la Game Boy Advance, que nos pareció la tecnología más avanzada, aunque, objetivamente, cambiaba la forma de la consola y poco más. Los cartuchos de juegos, pequeñitos, los guardábamos en un neceser, porque mi madre tiraba las cajas –según ella, ocupaban mucho–. A veces no se iniciaban bien y tenías que sacarlos y soplarlos un poco y después volverlos a meter.
Bastantes años más tarde, cuando estudiaba Periodismo, conocí a un chico con cara de pastor alemán –incluso tenía el lunar de los pastores alemanes– que estudiaba Ingeniería, con quien mantuve un breve romance. Me acabó haciendo eso que ahora llaman ghosting. Pero le dio tiempo a instalarme en el móvil un emulador con el juego de Pokémon Esmeralda, que era parecido al Pokémon Plata que yo había tenido, pero más moderno. Fue su mayor aportación a mi vida, la verdad. Siempre lo recordaba con cariño mientras, en aquella horrible asignatura de cuatro horas –de cuatro a ocho de la tarde, concretamente–, sobrevivía jugando a Pokémon en el móvil por debajo de la mesa. Resulta paradójico que, gracias a eso, me sepa los trucos para cazar a mis alumnos cuando hacen lo mismo en mis clases.
Fue bonito mientras duró –el emulador en mi móvil, no la historia con el chico con cara de pastor alemán–. Terminó cuando, en el metro, un tipo me arrancó el teléfono de la mano y se bajó corriendo en la estación en la que el tren acababa de parar. Recuerdo con nostalgia aquel Samsung Galaxy; creo que justo después me pasé a iPhone. Y nunca más pude volver a acceder a mi partida de Pokémon Esmeralda, donde estaba a punto de conseguir un equipo entero en el nivel cien.
Sin embargo, los cartuchos de juegos de la Game Boy permanecen en el neceser de siempre. Seguramente, habría que soplarlos para jugar –el polvo de los años es inevitable–, pero funcionarían.
Este verano Sony ha anunciado que, a partir de enero de 2028, dejará de comercializar sus videojuegos de PlayStation en formato físico. La multimillonaria compañía alega que, de este modo, se adaptará a las preferencias de los clientes, pero yo todavía no he encontrado ni un cliente conforme con dicha decisión. La verdad es que tampoco comprendo qué ventajas puede reportar a los usuarios la pérdida del formato físico. Yo tuve la Play Station 1 y la 2 y recuerdo intercambiar los cedés con los vecinos de la urbanización –esto era especialmente práctico cuando nos reuníamos en una casa para jugar al Singstar, una especie de karaoke–. En aquella época, incluso se alquilaban los videojuegos. Se puso de moda llevar la PlayStation 1 a tiendas de informática para que te la «pirateasen» y pudiera ejecutar juegos no oficiales. Mi juego de Spyro provenía del top-manta, por ejemplo. Y yo tan contenta. Ahora lo pienso y no me parece bien que todos los niños de principios de los dos mil cometiéramos esa ilegalidad de una manera tan natural, más allá de que los precios de los videojuegos sean abusivos.
No sé si los juegos de las nuevas PlayStation –¿por qué número van ya?– se pueden piratear, pero, en todo caso, Sony ni siquiera ha usado ese argumento. Solo que «siguen las preferencias de los usuarios». Sin embargo, ya no se van a poder prestar, ni intercambiar, ni guardar en un neceser para volverlos a sacar pasados los años. Y eso a quien beneficia es a la compañía, que va a tener más ventas.
Todo dependerá de algo tan etéreo como una nube digital, de eso que llaman «streaming». Lo físico ocupa espacio, pero es más real, y creo que todos nos dimos cuenta durante el gran apagón de 2025. Y que lo de soplar el cartucho fuera más o menos efectivo no importa tanto; lo que importaba era que teníamos la posibilidad de hacerlo.