Opinión | Claroscuro
No estuve allí y no me acordé de ti
El multitasking es una trampa. No hace más productivas e interesantes nuestras vidas. Al contrario. Fragmenta la atención y debilita nuestros recuerdos porque no vivimos nada con la suficiente intensidad.

Casi todo el mundo recuerda dónde estaba cuando España ganó el Mundial de fútbol de 2010 frente a Países Bajos. Yo también. Ese domingo me tocaba trabajar y estaba en la redacción del periódico rellenando la sección de Sucesos. Entre página y página era imposible no estar pendiente de lo que ocurría en el campo. Cuando acabó el encuentro, y la jornada laboral, algunos decidimos seguir celebrando. En La Laguna, ese mismo día tenía lugar la romería de San Benito Abad y en sus calles acabó mezclándose gente ataviada con el traje típico y espontáneos que, como yo, nos sumamos a una celebración por el mayor éxito de la historia de la selección.
La polémica surgida este año en torno a la colocación de varias pantallas gigantes en las calles donde se desarrollaba el baile de magos para que los asistentes siguieran el partido de España en cuartos de final me devolvió a aquel domingo de 2010. El enfrentamiento entre folcloristas, Ayuntamiento y ciudadanos se resolvió manteniendo las televisiones, aunque sin el sonido de la retransmisión. Pero más allá de las diferencias entre puristas y no puristas, y de ser consciente de que cualquier aficionado al fútbol no querría perderse ese momento, el debate me hizo pensar en algo que va más allá. En lo mucho que nos cuesta elegir. En lo difícil que nos resulta aceptar que para disfrutar plenamente de una experiencia casi siempre hay que renunciar a otra. Hemos normalizado que todo tiene que ser compatible: el baile de magos y el Mundial, las vacaciones y el trabajo, las conversaciones y los móviles. Y al final, mientras intentamos no renunciar a nada, difícilmente logramos estar de verdad presentes.
El miedo a perdernos algo -ese fenómeno que hoy conocemos por sus siglas en inglés, FOMO- tiene mucho que ver con una época en la que se nos hace creer que siempre podemos hacer una cosa más. En vacaciones, en el trabajo. Y si todo está a nuestro alcance, ¿por qué elegir? Me recuerda un poco a la adolescencia, esa época en la que estamos construyendo nuestra identidad y buscamos, por encima de todo, pertenecer. Entonces deseamos que nos inviten a todos los planes, estar en todas las conversaciones, aparecer en todas las fotos. No necesariamente porque nos apetezca, sino porque si decimos que no, o si alguien se olvida de nosotros, estaremos perdiéndonos la auténtica vida. Ahora somos adultos, pero no parece que hayamos dejado atrás esa forma de mirar el mundo. Seguimos viviendo con el temor de que, mientras nosotros estamos aquí, en otra parte esté sucediendo algo mejor.
Esta permanente mirada adolescente dificulta la toma de decisiones. El exceso de posibilidades no nos hace ni más libres ni más felices. Acumulamos experiencias no porque nos aporten, sino por el miedo que nos genera desperdiciar oportunidades. Probablemente no es un fenómeno nuevo: siempre hemos soñado con el don de la ubicuidad. La diferencia es que confiamos en la promesa que nos hizo la tecnología -que podíamos simultanear experiencias- y eso nos ha hecho creer que vivimos varias al mismo tiempo, cuando en realidad no terminamos de estar presentes en ninguna.
En el trabajo, el FOMO consiste en no decir que no a nada, por si acaso. Por si se olvidan de ti. Por si pierdes el empleo. ¿Cuántos correos contestamos fuera del horario laboral para demostrar que somos responsables y que estamos siempre disponibles? ¿Cuántas veces aceptamos proyectos guiados por un extraño sentido del deber, más relacionado con el miedo a desaparecer que con la convicción?
Pero frente a esta ansiedad por perdernos cosas, ha surgido su opuesto, JOMO (Joy of Missing Out), una corriente filosófica que reivindica el placer de dejar pasar oportunidades. Renunciar a una fiesta, a un trabajo o a una conversación para estar plenamente en otro lugar. Incluso hay libros -como el más reciente del filósofo Juan Evaristo Valls, que se titula exactamente así, JOMO, y que publica Anagrama- que defienden que elegir una cosa implica, inevitablemente, renunciar a muchas otras.
El multitasking es una trampa. No hace más productivas e interesantes nuestras vidas. Al contrario. Fragmenta la atención y debilita nuestros recuerdos porque no vivimos nada con la suficiente intensidad. Al final, el relato de nuestra vida no está hecho de todo lo que nos ocurrió, sino de las escenas que recordamos, es decir, de los instantes a los que decidimos prestar atención. A veces llegamos a esos momentos por elección y otras por obligación. Pero lo que los hace perdurables no es cómo empezaron, es que realmente estuvimos allí.
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