Opinión | Literatura
Inés Martín Rodrigo
Monedas para comprar flores

Un clásico de Virginia Woolf, “La señora Dalloway” / El Día
Es uno de los comienzos más reconocibles y recordados de la historia de la literatura: «La señora Dalloway dijo que ella compraría las flores. Lucy tenía ya demasiadas cosas que hacer. Los de Rumpelmayer’s iban a ir a desmontar las puertas. Y además, pensó Clarissa Dalloway, menuda mañana… fresca como pensada para unos niños en la playa», en traducción de Miguel Temprano García para Austral, que en 2021 publicó una coqueta edición en tapa dura de esta novela, una de las cinco «extraordinarias», según palabras de Harold Bloom en El canon occidental, que escribió Virginia Woolf. En ese libro, que ojeo en un ejemplar de bolsillo que tiene 25 años, los mismos que La montaña mágica de Thomas Mann, también en rústica, que L. ha empezado a leer de nuevo estos días porque sí, le apetecía, el crítico más influyente de nuestro tiempo, con sus claroscuros, dice de Woolf que «para ella, la realidad parpadea y vacila a cada nueva percepción y sensación, y las ideas son sombras que orillan sus momentos privilegiados». Basta elegir un párrafo, casi cualquiera, de La señora Dalloway para concluir lo mismo que Bloom: «Tenía la eterna sensación, mientras veía pasar los taxis, de estar fuera, muy lejos, mar adentro y sola; siempre había tenido la sensación de que vivir, aunque fuese un solo día, era muy peligroso».
A la obra canónica del teórico estadounidense he vuelto para salir del laberinto en el que a veces se convierte la escritura de una nueva novela, y a las primeras frases del libro de Woolf, que irremediablemente me recuerdan a Meryl Streep en las calles de Nueva York en la adaptación al cine que Stephen Daldry hizo de la historia de Michael Cunningham, porque ayer L. me regaló flores. Es un pequeño rosal que pronto espero poder trasplantar cerca de esa habitación propia por la que llevo años suspirando, un lugar donde la mesa en la que escriba no sea la misma en la que a diario desayune, almuerce y cene. Ya casi nadie regala flores, tampoco libros dedicados. A Belén le encantaba hacer las dos cosas, aún conservo la planta con la que llegó a una de las últimas comidas que compartimos. «Para Inés, feliz Día del Libro. Con un beso, Belén», escribió en el poemario de Bukowski que me regaló el 23 de abril de 2015. L. llegó con la diminuta maceta una mañana, después de varios días de discusiones intrascendentes, pero dolorosas, pues no por nimias las peleas dejan de herir, quizás las motivadas por naderías hacen más daño. A estas alturas del año, las dos estamos agotadas ya y la incapacidad de verbalizar esa abulia tan propia de esta época y el hastío que provoca la realidad que, pese a todo, tratamos de seguir contando nos condena a un peligroso mutismo que solo rompemos para saltar contra la otra, no importa lo que haya dicho, seguramente ni la estuviéramos escuchando. Esas flores que, como la señora Dalloway, L. decidió comprar, eran su manera de decir que nos merecemos una tregua, de recordarnos que nada es tan importante en realidad, que tal vez, como escribió Ota Pavel en Carpas para la Wehrmacht, un libro delicioso, la mayor aspiración, la más gozosa, sea «ganar tanto dinero en la vida como para disponer siempre de un puñadito de monedas con las que comprar un ramo de flores para tener en el escritorio».
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