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Opinión | El trasluz

Llaves antiguas

Dos mujeres miran el paisaje.

Dos mujeres miran el paisaje. / Archivo

Pienso a veces en personas que no fueron derrotadas por otra persona ni por una enfermedad ni por la muerte, sino que fueron expulsadas o desalojadas de la sensibilidad dominante por el tiempo histórico que les tocó vivir. Como si la misma época, que durante años las hubiera hablado al oído, dejara de reconocerlas de pronto. El lunes eran el presente y el viernes parecen una errata. Stefan Zweig, por ejemplo, fue uno de los escritores más leídos y admirados de Europa. Encarnaba la idea de una cultura cosmopolita, refinada, burguesa e ilustrada. Y de repente llegó el nazismo y convirtió todo aquello en una antigualla moral. No lo derrotó solo Hitler: lo abandonó la época y se suicidó en Brasil con la sensación de haber sobrevivido a su propio mundo.

O Buster Keaton. Durante el cine mudo era un dios mecánico, un hombre cuya relación con el cuerpo y con los objetos definía una forma de inteligencia. Llegó el sonoro y el siglo quiso otra cosa: gente que hablara. El mundo empezó a escuchar cuando él pertenecía todavía a un universo visual. Hay algo conmovedor en eso: no quedarse anticuado por viejo, sino por mutación del lenguaje. O dirigentes políticos como Mijaíl Gorbachov, que quiso reformar el socialismo y acabó asistiendo a la desaparición del escenario donde esa reforma tenía sentido. Durante un instante fue el hombre más moderno del planeta y poco después parecía el administrador melancólico de una cadena de hamburgueserías.

Y luego están los abandonados más íntimos, los que no salen en los libros de historia. El corrector tipográfico arrasado por los ordenadores. El proyeccionista de cine cuando desaparecen las bobinas. El viajante de comercio. El afinador de máquinas de escribir. Gente cuya identidad dependía de un ecosistema técnico y sentimental evaporado casi de noche a la mañana. No es que perdieran un empleo: perdieron el idioma en el que sabían existir.

Quizá todos tememos eso. No morir, sino sobrevivir a nuestra propia época. Despertar un día y advertir que los gestos con los que nos manejábamos en el mundo ya no abren ninguna puerta. Como esas llaves antiguas que aún conservamos en un cajón y que pesan mucho. Tienen una belleza severa, pero ya no las espera ninguna cerradura.

Fuente: La Nueva España

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