Opinión | La reflexión
El punto de apoyo
La movilidad social depende de que el esfuerzo, la educación y la iniciativa vuelvan a ofrecer una posibilidad real de progreso

Plaza anexa a El Corte Inglés, en el municipio de Santa Cruz de Tenerife / El Día
Hay sociedades que terminan discutiendo cómo repartir la riqueza. Y hay sociedades que antes se preguntan cómo crearla. La diferencia entre ambas no es ideológica. Es histórica.
Cuando una comunidad pierde la confianza en que el esfuerzo permite progresar, deja de mirar hacia arriba. Empieza a mirar de reojo. Ya no pregunta cómo crecer, sino quién tiene demasiado. El debate cambia sin que apenas nos demos cuenta. No ocurre de un día para otro.
Empieza cuando el hijo de una familia humilde deja de creer que estudiando vivirá mejor que sus padres. Continúa cuando el pequeño empresario deja de invertir porque el riesgo supera a la oportunidad. Se acelera cuando el profesional descubre que cada año trabaja más para conservar exactamente la misma posición. Y termina cuando toda una generación concluye que el ascensor social se ha averiado.
Entonces aparecen las respuestas fáciles.
Más ayudas.
Más redistribución.
Más protección.
Todo ello puede ser necesario. Nadie sensato discute que una sociedad deba proteger a quien cae. Lo peligroso es olvidar que una red no sustituye a una escalera. Porque una sociedad no se sostiene sobre sus extremos. Ni sobre los más ricos. Ni sobre los más pobres. Se sostiene sobre ese inmenso espacio donde millones de personas creen que merece la pena esforzarse porque existe una posibilidad real de avanzar. Ese espacio tiene un nombre. Clase media.
La clase media no es una categoría estadística. Es el gran punto de apoyo de una democracia. Es donde se concentra el ahorro que financia inversiones. Donde nacen la mayoría de las pequeñas y medianas empresas. Donde se educa a los hijos pensando que vivirán mejor. Donde los impuestos dejan de ser una obligación para convertirse en una aportación al proyecto común. Donde el trabajo sigue teniendo la capacidad de cambiar una vida.
Por eso el verdadero indicador de una economía no debería ser cuántos ricos tiene ni cuántos pobres consigue asistir. La pregunta decisiva es otra: ¿Cuántas personas pueden recorrer el camino entre un extremo y otro?
Durante décadas, España y Canarias respondieron razonablemente bien a esa pregunta. No porque todos prosperaran. Sino porque casi todos conocían a alguien que lo había conseguido. Un hijo de agricultores que terminaba siendo médico. Una hija de un albañil que abría su propio despacho. Un aprendiz que acababa dirigiendo una empresa.
Aquellas historias tenían un enorme valor económico, pero aún mayor valor cultural. Eran la prueba de que el sistema, con todas sus imperfecciones, mantenía abierta la puerta del progreso. Hoy esa certeza se resquebraja. No porque falte talento. Ni porque falte esfuerzo. Sino porque hemos empezado a confundir igualdad con movilidad.
La igualdad es un objetivo moral. La movilidad social es una condición económica.
La primera intenta que nadie quede atrás. La segunda consigue que cada vez haya menos personas atrás.
Y eso exige algo más difícil que repartir recursos. Exige productividad. Innovación. Educación. Instituciones eficaces. Empresas competitivas. Seguridad jurídica. Inversión. Confianza.
Todo aquello que hace posible que el valor creado sea mayor mañana que hoy. Porque los salarios no crecen por decreto. Crecen cuando una sociedad produce más valor.
Y una clase media no se fortalece repartiendo riqueza. Se fortalece creando las condiciones para que millones de personas puedan generarla. Quizá ese sea el gran debate de nuestro tiempo. No preguntarnos cuántos escalones estamos dispuestos a subir. Sino asegurarnos de que la escalera sigue existiendo.
Porque cuando desaparece el punto de apoyo, ya no importa cuánto discutamos sobre el reparto del peso. Nadie podrá mover la sociedad.
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