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Opinión | Claroscuro

Salvemos los bancos

Paseo por Bajamar y La Punta

Paseo por Bajamar y La Punta / ED

Si una abre un poco los ojos, puede llegar a leer las ciudades en función de su mobiliario urbano y descubrir si están pensadas para ser habitadas o solo para ser atravesadas. Desde hace años fotografío bancos. Empecé a hacerlo sin un propósito claro. En el parque cercano a casa, en viajes por trabajo, en vacaciones. Descubrí que hay bancos que miran al horizonte, bancos que se miran entre sí, bancos cobijados a la sombra de un árbol. Poco a poco, esa costumbre encontró cómplices: compañeros y amigos empezaron a enviarme sus propias imágenes y a usar en Instagram el hashtag #bancosporelmundo.

A base de cazar bancos, empecé a interesarme por su funcionalidad y entendí que este elemento del mobiliario urbano había dejado de ser solo un lugar donde sentarse. Algunos se habían convertido en un destino. En 2018 viajé al norte de España. En Galicia, donde empezó el recorrido, hicimos varias paradas. Una de ellas fue Ortigueira. La mujer que regentaba el hotel donde nos alojamos nos recomendó algunas visitas por la zona y acabamos en el mirador donde se encontraba el ‘banco más bonito del mundo’. Supe después que el nombre lo había popularizado IKEA unos años atrás a través de una campaña publicitaria. No había demasiada gente, pero sí la suficiente como para entender que aquello funcionaba como una experiencia más de la que tomar una foto. Yo también hice la mía.

Al año siguiente, un temporal de lluvia en Japón nos obligó a hacer noche en Nagoya cuando íbamos camino a Kioto. En la estación de tren no había dónde sentarse antes de pasar los controles, y si decidías hacerlo en el suelo, porque habías pasado la noche en vela esperando el siguiente tren y el cuerpo empezaba a rendirse, el personal de la estación te indicaba que estaba prohibido. La espera, simplemente, se había eliminado de la ecuación. Y con ella, el descanso.

Los dos recuerdos parecen diferentes, pero en realidad hablan de lo mismo. De cómo estamos borrando los bancos de nuestras ciudades. Hoy el espacio está diseñado para que, si quieres detenerte, tengas que consumir. Puede ser un café, una cocacola o una entrada a un museo. Todo en nuestras vidas parece pensado para favorecer la circulación, no la permanencia. Sentados en un banco no producimos nada. Quizás por eso cada vez quedan menos y algunos se están convirtiendo en lugares de peregrinaje. En una terraza es raro que se sienten juntos dos desconocidos; en el banco de una plaza, en cambio, nadie tiene más derecho que otro a sentarse.

De forma recurrente recupero la idea -aunque no el tiempo- de escribir un libro sobre nuestra relación con los bancos y el derecho a sentarnos. La historia del poder tiene mucho que ver con dónde nos sentamos. A lo largo del tiempo, quienes han ocupado determinados asientos -trono, cátedra, estrado- se han colocado en una posición que les ha permitido mandar, enseñar o juzgar a otros. Todavía hoy el asiento determina el estatus. Pagamos por asientos más amplios en aviones, asientos con más visibilidad en teatros, asientos más cómodos en el cine.

Reducir el número de bancos públicos, esos que no están pensados para que un turista les haga una foto, disminuye la interacción entre conocidos y extraños, aumenta la soledad y el aislamiento y, en última instancia, debilita también nuestros sistemas de convivencia. Ojalá el estudio de los bancos -cuántos hay por cada 100.000 habitantes, cuál es su presencia en zonas turísticas en comparación con centros urbanos, cómo es su diseño, si son cómodos o cuál es el porcentaje de sombra- se popularice y empecemos a entender la defensa de los bancos públicos igual que hemos empezado a entender la lucha por los refugios climáticos: como una cuestión de equidad y justicia social.

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