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Opinión | Aquí una opinión

Una visita hospitalaria

Un sanitario de La Candelaria junto a una de las nuevas camas del Hospital de Día Quirúrgico.

Un sanitario de La Candelaria junto a una de las nuevas camas del Hospital de Día Quirúrgico. / María Pisaca

Un amigo permanece ingresado, desde la pasada semana, en el Hospital de La Candelaria. Entró por el Servicio de Urgencias a consecuencia de una hemorragia digestiva baja. Allí estuvo, en observación, mientras le trataban para el cese de la pérdida de sangre y ahora ya se encuentra en planta aunque aún en proceso de diagnóstico y fijar el tratamiento adecuado.

Hoy le he visitado. Por ser en hora temprana, los pasillos permanecían ocupados únicamente por el personal sanitario que iba y venía con su habitual concentración en la tarea y sin prestar demasiada atención a mis saludos en forma de susurros al cruzarnos. Tiene algo de marcial este mundo de batas blancas, verdes, celestes… unos códigos que el lego no alcanza a entender pero que se convierten en nuestra búsqueda de la personalidad humana que anhelamos escondida en el interior de la frialdad del tejido.

Los diálogos que sobrevuelan el espacio tienen, para el paciente, mucho de recurrente: «esta mañana, vino un médico pero no es el mismo de ayer», «seguramente que como es festivo es otro del equipo», «ahora todo funciona en equipo, mejor así, cuatro ojos ven más que dos», «a ver esta semana ya me dicen algo»… Palabras oídas una y otra vez en una y otra circunstancia similar en la expectativa, del deseo que brota de nuestra esperanza de que este trámite tenga un final al que olvidar en la esquina del siguiente mes del calendario de nuestra vida.

Un hospital, en la buenísima suerte de país que nos ha tocado, no es nada fuera de lo común excepto para el paciente que lo transita porque la pérdida de lo cotidiano pone a prueba la paciencia y, a ratos, hasta el sentido común, inmersos en una suerte de desnudez física contrapuesta al ropaje de las dudas que se amontonan ante lo que percibimos como lentitud y a la que zarandearíamos para poder volver a caminar por aquella vida aburrida pero tranquila que tanto añoramos.

Y porque cualquier otra pretensión es tan vacua como tirar piedras a la luna o rezarle a alguna divinidad, nos hemos sentado en un pasillo de consultas, ahora completamente vacío, él, un paciente atado a su carro de goteo y yo, una compañía sin prisas a que la calma vaya tomando cuerpo mientras cotilleamos de lo superfluo o pretendemos analizar lo importante. Al rato, la calidez del ambiente nos va conectando con nosotros mismos y permanecemos sentados charlando desde el silencio. Un antónimo recíproco que el ambiente hospitalario conoce de primera mano por la frecuencia con la que se produce y el efecto tranquilizador con que nos debe gratificar.

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