Opinión | A babor
Ese patán en bolas

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante su intervención en la cumbre de la OTAN / Europa Press/Contacto/Marek Ladzinski
Los cuentos infantiles nunca envejecen. Uno recuerda El traje nuevo del emperador, de Andersen, que no hablaba de un monarca desnudo, sino de una corte incapaz de reconocer públicamente la verdad. El emperador desfilaba convencido de vestir el traje más hermoso jamás confeccionado, mientras ministros, cortesanos y súbditos fingían admirar una tela inexistente por miedo a parecer estúpidos o desleales, hasta que un niño rompió el hechizo con la frase que todos pensaban y nadie se atrevía a pronunciar: «Pero si va desnudo».
Creo que algo parecido empieza a ocurrirle a Trump: no es que vaya desnudo, es que se pasea por la política internacional envolviéndolo todo en una sucesión de disparates absurdos que el resto del mundo ha decidido tratar como si fueran ideas o comportamientos razonables. La anomalía no reside en lo que dice el presidente USA. La anomalía consiste en que casi nadie parece dispuesto a responderle como se merece, diciéndole que no todas las opiniones fueran respetables. Y no todas lo son.
Esta misma semana volvió Trump a cargar contra España. Somos un aliado terrible, y por eso ha ordenado cortar las relaciones comerciales y echarnos de la OTAN. Como si él pudiera echar a un país de la OTAN. Como si el comercio entre USA y España dependiera de la voluntad del ocupante de la Casa Blanca y no de la política comercial común de la Unión Europea. La reacción del presidente Sánchez fue más cínica que surrealista: contó que había mantenido con Trump una conversación cordial, sin tensiones, durante la que hablaron del Mundial de fútbol y del golf. Una escena digna del teatro del absurdo: uno amenaza con represalias económicas y el otro comenta lo agradable que le resultó charlar con el boss sobre la retirada de la tarjeta roja a Balogun. Puede que algunos crean que eso es diplomacia, o prudencia. O puede que sea el precio inevitable de convivir con alguien cuya capacidad para provocar un conflicto internacional depende únicamente de su ardor de estómago. Pero el episodio con Sánchez es sólo una pieza de un mosaico mucho más turbador.
Trump ha amenazado con comprar Groenlandia, recuperar el control del Canal de Panamá, convertir Canadá en el estado número cincuenta y uno, transformar Gaza en un resort turístico, imponer aranceles del cien por cien y hacer desaparecer en una noche una civilización con más de 2.500 años de historia. Hace apenas una década, semejante colección de ocurrencias habría bastado para que cualquier dirigente occidental viera públicamente cuestionada no ya su capacidad de dirigir un país, sino su estabilidad mental. Hoy analizamos sus ocurrencias de patán altanero como si fueran propuestas estratégicas que merecen largas mesas redondas y doctos análisis geopolíticos.
Tal vez el mundo haya llegado a la conclusión de que discutir con Trump resulta inútil. Quizá hemos aprendido que es preferible dejar pasar el exabrupto de la mañana porque por la tarde ya habrá pronunciado otro distinto. Incluso es posible que exista una voluntad deliberada de contención: no alimentar el incendio para evitar que las llamas se propaguen. Pero esa táctica tiene un efecto perverso. Cada disparate que nadie rebate viene con eco, la repetición convierte lo extravagante en cotidiano y lo inaceptable acaba instalado en el paisaje de lo posible.
La historia ofrece abundantes ejemplos de gobernantes impulsivos, narcisistas y excéntricos. De hecho, cada día que pasa resulta más difícil encontrar líderes sensatos que huyan de la sobreexposición mediática y se centren en resolver los problemas que existen y no en crear otros nuevos. En cualquier caso, lo excepcional no es encontrar a un político con mucho poder, convencido de su propia infalibilidad. Lo excepcional es contemplar a toda una comunidad internacional actuando servilmente para no contrariarlo.
Con Trump en escena ocurre lo mismo que vemos en la cena de Nochebuena en muchas familias, cuando todos procuran no endemoniar al cuñado irascible. Poco a poco dejas de preguntarte si su conducta es tolerable, porque la única preocupación es evitar que fastidie la noche.
Por eso la metáfora del rey desnudo sigue vigente: no porque Trump nos parezca un perfecto y ridículo imbécil (la historia demuestra que conviene no subestimar nunca a quienes concentran tanto poder), sino porque la tropa que le acompaña –o la que comparte espacio con él– ha renunciado a recordar al emperador en cueros, cuando sea necesario, que la realidad existe, que por mucho poder que uno tenga, no todo lo que se imagina puede convertirse en lo que se quiere.
El problema no es este emperador en bolas. El problema somos nosotros, nuestros líderes, nuestros medios, riendo y aplaudiendo todas y cada una de sus gracias.
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