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Opinión | El recorte

Jugar con fuego

Donald Trump mira a Pedro Sánchez durante la sesión de trabajo de la cumbre de la OTAN, este miércoles en Ankara.

Donald Trump mira a Pedro Sánchez durante la sesión de trabajo de la cumbre de la OTAN, este miércoles en Ankara. / ANSGAAR HAASE / DPA / EUROPA PRESS

Después de la última astracanada de Trump en la cumbre de la OTAN en Turquía, Pedro Sánchez compareció ante los medios para asegurar que había tenido una conversación cordial con el presidente norteamericano y que las relaciones entre ambos países son positivas. «Magníficas», según una nota de Moncloa.

Pues nada. Podemos quedarnos tranquilos. Ya se sabe que las palabras de Pedro Sánchez van a misa y ofrecen una seguridad a prueba de evidencias. Que Trump haya dicho que el gobierno de nuestro país es de lo peor y que quiere cortar relaciones comerciales con España mañana mismo no tiene importancia. Es la muestra de una relación «magnífica».

A estas alturas todo el mundo conoce al imprevisible Trump y sus excesos verbales. Es un personaje tronante, voluble y lenguaraz. Pero es también el presidente de la primera potencia militar del mundo. La diplomacia europea ha elegido un camino inteligente de guante de seda en puño de hierro. Aparentemente todo son sonrisas y halagos al vanidoso líder norteamericano, pero en el mundo real le han dado todas las patadas en los tobillos que han podido. Todo lo contrario que Sánchez.

El presidente español, a nivel interno, decidió hacer lo que hace siempre: jugar al límite. Desenterró el franquismo porque le servía de ariete contra el PP, a los que juega a considerar los herederos de la dictadura. El precio, crispar a la sociedad, no era relevante si al final polarizar servía a sus intereses. «Nos interesa la crispación», dijo una vez Zapatero, cazado por unos micrófonos abiertos. A Sánchez también. Porque él, como Trump, se salta las reglas cuando quiere. Pero cuando vio la oportunidad de singularizarse «contra» Trump, un tipo odioso y muy odiado, no se lo pensó dos veces. Aunque debería. En la diplomacia de los países hay que moverse como un elefante. Sus excesos verbales contra el norteamericano, por mucha razón de fondo que le asista, no son propios del presidente de un Gobierno porque pueden traer consecuencias para todo el país. La política exterior no es un juego y no debe usarse como baza electoral.

Trump ha amenazado con cortar el comercio con España. Pero también con hacerse con Groenlandia. Ambas cosas parecen muy difíciles. Los acuerdos de comercio son con la Unión Europea, no con los países. Pero es muy posible que el presidente norteamericano juegue –él también– a utilizar a Marruecos como ariete. Arrebatarle a España la final del próximo Mundial de fútbol, por ejemplo, es una chorrada menor. Pero no es la más peligrosa que se le puede ocurrir. Se me ocurren otras peores.

El problema no es solo que Sánchez haya puesto el gran foco sobre España, enfrentándose gallarda y neciamente a Trump, sino que se ha quedado aislado en Europa y en la OTAN. España ha quedado fuera de las principales iniciativas de defensa europeas, como el Global Eye, el MQ Tritón o el E5. Y varios líderes europeos consideran que Sánchez ha jugado sucio con la regularización masiva de más de un millón de migrantes ilegales que pueden acabar saltando a sus países.

Sánchez pensó en rentabilizar su imagen internacional para compensar el fracaso de la tóxica política interior. Y se equivocó. Vive cada vez más aislado dentro y fuera de España. Pero en ambos casos la factura no la pagará él.

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