Opinión | Punto de vista
Pilar Rahola
¿Quién tiene la culpa?

Juanma Moreno toma posesión de su acta como presidente de la Junta de Andalucía
El pacto del PP con Vox en Andalucía, que garantiza la presidencia de la Junta a Juanma Moreno, envía dos señales que amplifican el problema. Por un lado, el reforzamiento del poder que consigue la extrema derecha, especialmente relevante en una de las grandes autonomías del Estado. Del otro, la permanente imposibilidad del PP para consolidar liderazgos y políticas del espacio central, atizado por la necesidad de radicalizar posiciones si no quiere perder el poder.
Este hecho, que se ha ido produciendo en todos los pactos que el PP ha firmado con Vox, adquiere mayor importancia al tratarse de Moreno Bonilla, el líder más centrista del partido, y el que parecía más capaz de balancear los extremos de las Ayuso de turno. Desde una perspectiva de peso político, su pacto no es más generoso que otros que ha hecho el PP, porque Vox no superará el 8% de poder en la Junta. Pero en política, a menudo, es más importante la apariencia que la realidad, y en este pacto la apariencia lo es todo: Vox ha impuesto el relato público, y, en consecuencia ha validado, vía Bonilla, sus tesis más extremas. Es decir, Vox ha conseguido que el líder más liberal del PP normalizara su discurso. Y no vale que Bonilla asegure que continuará gobernando como siempre, y que algunas de las concesiones son pura semántica, porque entre el arraigo y la prioridad nacional no hay diferencias. Podría ser cierto bajo la lupa más aguda, pero en el grueso del debate público, Bonilla ha comprado el paquete completo de la agenda ideológica de Vox: retroceso severo en temas de sensibilidad ecológica; negación de la memoria histórica; ruptura de las políticas de género; demagogia inmigratoria; nacionalfalangismo...
Quizás sí que todo ello será pura retórica, y, en la práctica, Bonilla conseguirá gobernar bajo su sello, pero esto no neutralizará la convicción que el PP no se siente incómodo con la agenda de Vox. Al contrario, la normaliza y la blanquea. Y, al normalizarla, la hace crecer.
Es cierto, pues, que parte del crecimiento de Vox se debe a la normalización que hace el PP, incapaz de gestionar los pactos con un tacticismo ideológico más inteligente. Dicho de otro modo, incapaz de marcar una distancia ideológica de seguridad. Pero si la derecha española tiene parte de la culpa, la izquierda española acumula la misma irresponsabilidad. Primero, porque rehuye todos los debates que le son incómodos bajo la acusación de xenófobos y deja a los ciudadanos sin un relato progresista en temas que le afectan en la vida cotidiana. En este sentido, la distancia que hay entre la conversación en el comedor de casa y la que hay en las tribunas públicas, es abismal. Temas como la inmigración, la seguridad o el reto islámico quedan abandonados por todo el mundo: por el lado derecho, no hay relato propio y se asume el malismo de la extrema derecha; y por el lado izquierdo, no hay relato propio, y se asume el buenismo de la extrema izquierda, ambos igualmente inútiles. A la vez, la clase media, emprendedores, autónomos, todos aquellos sectores que acostumbran a tener opinión política y que soportan la carga fiscal proporcionalmente más fuerte, también se sienten abandonados (especialmente, por los partidos de izquierdas), y aquí la demagogia extrema hace mella. Demonización de los debates más sensibles, abandono de los sectores centrales, normalización de los discursos extremos en ambos lados ideológicos, todo suma en favor de la polarización ideológica que, en estos momentos, aprovecha más la extrema derecha que la extrema izquierda.
Hay otra cuestión que parece folclórica, pero que no es menor, y que la izquierda practica con enorme irresponsabilidad: el hinchamiento mediático de los personajes más esotéricos y tóxicos de la fachosfera, con la idea que de cuánto más esperpénticos sean, más ridiculizan a la derecha. El ejemplo más brutal es el enorme despliegue mediático que los medios protosocialistas han hecho de un personaje como Vito Quiles, la importancia del cual debe de ser enorme si se calcula en la cantidad de minutos dedicados en Televisión Española. Hacer crecer a este tipo de productos solo puede ayudar a la degradación del debate público, y en la degradación, los buitres extremos se alimentan. Por eso, la pregunta no es por qué crece la extrema derecha, sino quién la hace crecer. Y aquí las culpas están muy repartidas.
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