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Opinión | El recorte

El entretenimiento

Archivo - La mujer del presidente del Gobierno, Begoña Gómez, durante la Comisión de Investigación sobre programas de cátedras y postgrados de la Universidad Complutense de Madrid y empresas financiadoras, en la Asamblea de Madrid.

Archivo - La mujer del presidente del Gobierno, Begoña Gómez, durante la Comisión de Investigación sobre programas de cátedras y postgrados de la Universidad Complutense de Madrid y empresas financiadoras, en la Asamblea de Madrid. / Eduardo Parra - Europa Press - Archivo

La campaña electoral, inaugurada de forma permanente en algún momento del remoto pasado, sigue marcando la pauta del desgobierno nacional. Esas agencias de colocaciones, vulgarmente conocidas como partidos políticos, han puesto en marcha la máquina de contratar y el empleo público –como cada vez que se acercan las urnas– se dispara vertiginosamente. Mientras los europeos empiezan a poner la pata en el freno, malditas hormigas, las cigarras del Sur seguimos de fiesta como si no hubiera mañana.

Canarias se ha negado a apoyar algo que se llama «regla de gasto». Es un invento del Gobierno central para poder gastar más a cambio de que ahorren los demás. Las autoridades de Hacienda les aprietan el cogote a los ayuntamientos y a las comunidades autónomas para poder cumplir el objetivo de déficit impuesto por la Unión Europea. Porque la recaudación fiscal crece, pero la capacidad de dilapidar el dinero público lo hace aún más.

Pero el Gobierno va más allá. Propone un cumplimiento del déficit «asimétrico». Como un fabricante de pantalones que hace diferentes tallas según el territorio. Suena bien, hasta que descubres que el conejo te enriscó la perra. Porque las tallas más grandes irán a los más flacos. Y viceversa. A los que más han gastado y están endeudados hasta las trancas les ofrecerán un traje más holgado. Y a los que han cumplido a rajatabla, como Canarias, les aprietan el cogote. O sea, los pájaros contra las escopetas.

Un territorio ultaperiférico como Canarias debería jugar en otra liga. De hecho, así lo establecen los principios genéricos de la UE que hablan de la adaptación de políticas a la realidad distinta de los territorios no continentales. Pero eso se lo han pasado habitualmente los gobiernos mesetarios por el arco del triunfo. Y como este Gobierno lleva tres años sin presupuestos y haciendo trampas al solitario, lo que se está produciendo, de hecho, es una inyección de financiación sin precedentes a las minorías territoriales que están apoyando la supervivencia de Pedro Sánchez. Amor con amor se paga. Y a Cataluña y País Vasco le han llovido las citas amorosas. Tanto es así que en estos días previos al estío infernal, Moncloa está peinando la cesión de la recaudación del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas a Cataluña, el paso previo y obligado a la independencia fiscal. Una ampliación de la anomalía vasca por la puerta de atrás de la Constitución, en donde ya cabe todo lo que se quiera meter y además dos huevos duros.

Pero nada de esto parece tener demasiada relevancia pública. Estamos entretenidos con el pasaporte de Begoña Gómez. Con las ayudas de la derecha nacional católica a los sin pecado concebidos no nacidos. Con la graduación de la hija del presidente del Gobierno en una universidad privada británica, que es un canto a las universidades públicas españolas. Y esperando, dos meses después, a conocer el origen de las joyas de Zapatero. Esperando nosotros y la Agencia Tributaria que tardó lo mismo que Noé en construir el arca para abrir una investigación a un contribuyente al que se le descubrió un millón trescientos mil euros escondidos en el fondillo de una caja fuerte. Lo mismo que haría con cualquier otro desgraciado ciudadano. Exactamente lo mismo.

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