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Opinión | Observatorio

No todo avance es un progreso

El actual modelo economicista no mide adecuadamente el progreso humano

El actual modelo economicista no mide adecuadamente el progreso humano / Agencias

Vivimos en una época fascinada por la idea del avance, cada innovación tecnológica, cada descubrimiento científico y cada transformación social suelen presentarse como pasos inevitables hacia un futuro mejor. Hemos llegado a identificar casi de manera automática lo nuevo con lo superior, como si el simple hecho de avanzar en el tiempo garantizara también un avance en la calidad de nuestra existencia. Sin embargo, la historia invita a contemplar esta convicción con mucha más prudencia. No todo aquello que avanza nos acerca necesariamente a una vida mejor; en ocasiones, simplemente nos aleja de aquello que hacía valiosa nuestra condición humana.

El progreso auténtico no consiste únicamente en ampliar nuestras capacidades, sino en utilizarlas con sabiduría. Podemos construir máquinas más potentes, comunicarnos de forma instantánea con cualquier lugar del planeta o prolongar la esperanza de vida durante décadas, todo ello constituye un avance extraordinario desde el punto de vista técnico. La verdadera cuestión, no obstante, es otra: ¿nos hemos convertido por ello en personas más sensatas, más libres o más felices? La respuesta no resulta tan evidente como a menudo nos gustaría creer.

Existe una diferencia profunda entre aumentar el poder y aumentar la madurez. La técnica multiplica nuestras posibilidades de actuar, pero no determina el modo en que decidimos emplearlas. La misma inteligencia capaz de desarrollar tratamientos que salvan millones de vidas puede diseñar también mecanismos de destrucción cada vez más sofisticados. La misma tecnología que acerca a personas separadas por miles de kilómetros puede contribuir, paradójicamente, a una creciente incapacidad para mantener una conversación sincera con quien se encuentra sentado a nuestro lado. El avance amplía nuestras herramientas, pero el progreso depende del uso que hagamos de ellas.

Uno de los errores más frecuentes de nuestra época consiste en confundir velocidad con dirección, nos desplazamos más deprisa que nunca, procesamos cantidades inmensas de información y respondemos a los cambios con una rapidez impensable hace apenas unas décadas. Ahora bien, moverse más rápido no significa necesariamente avanzar hacia un destino mejor, pues un barco puede aumentar su velocidad de forma espectacular y, aun así, dirigirse exactamente hacia el lugar equivocado. La velocidad solo tiene sentido cuando existe un rumbo digno de ser seguido.

Algo parecido ocurre con el conocimiento. Sabemos infinitamente más sobre el universo, el cerebro o la genética de lo que cualquier generación anterior pudo imaginar, sin embargo, muchas de las preguntas fundamentales permanecen intactas. ¿Qué significa vivir bien? ¿Qué merece realmente la pena? ¿Cómo construir relaciones auténticas? Ningún algoritmo puede responder por nosotros a estas cuestiones. La acumulación de información nunca ha sido equivalente a la adquisición de sabiduría, del mismo modo que poseer una biblioteca inmensa no garantiza comprender el sentido de los libros que contiene.

Con frecuencia celebramos cada innovación sin detenernos a preguntarnos qué estamos perdiendo al mismo tiempo, toda conquista implica también una renuncia. La automatización nos ahorra esfuerzo, pero puede empobrecer determinadas habilidades. La hiperconectividad facilita el contacto permanente, pero amenaza la capacidad de estar verdaderamente presentes. La abundancia de estímulos reduce el espacio para el silencio y sin silencio resulta difícil escuchar nuestros propios pensamientos. Hay pérdidas que apenas advertimos porque llegan envueltas en la apariencia del progreso.

Esto no significa rechazar el desarrollo científico ni idealizar el pasado, sería absurdo negar los inmensos beneficios que la medicina, la educación o la tecnología han aportado a la humanidad. El problema no reside en avanzar, sino en asumir que cualquier cambio merece automáticamente ese nombre. El progreso exige un criterio moral además de uno técnico, no basta con preguntarse si algo puede hacerse; también es necesario preguntarse si debe hacerse y qué clase de personas nos ayuda a ser.

Tal vez la verdadera medida del progreso no consista en el número de problemas que somos capaces de resolver, sino en la calidad humana con la que afrontamos esos desafíos. Una sociedad no es necesariamente mejor porque produzca más, consuma más o innove más deprisa; lo será si consigue formar individuos más responsables, más compasivos, más conscientes de los límites de su propio poder y más capaces de reconocer la dignidad de los demás.

Al final, la historia demuestra que las civilizaciones no se sostienen únicamente sobre sus descubrimientos, sino sobre los valores que orientan el uso de esos descubrimientos. Las herramientas cambian con el tiempo; la naturaleza humana lo hace mucho más despacio. Por eso, cada generación debe decidir una y otra vez si desea emplear sus avances para construir un mundo más justo o simplemente un mundo más complejo. El verdadero progreso comienza cuando el desarrollo exterior va acompañado de un crecimiento interior, todo lo demás puede ser un avance, pero no necesariamente un paso hacia una humanidad mejor.

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