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Opinión | Retiro lo escrito

Verdades evidentes

Trabajador de un taller municipal colocando las urnas durante la preparación para unas elecciones.

Trabajador de un taller municipal colocando las urnas durante la preparación para unas elecciones. / Europa Press

No recuerdo quién dijo, tal vez fue Raymond Aron, que de jovencitos preferimos la revolución francesa pero más adelante, si preservamos la curiosidad, terminamos simpatizando más con la revolución americana. Este fin de semana se celebró el 250 aniversario de la Declaración de Independencia, y la Constitución todavía en vigor llegaría más tarde, promulgándose en 1789. La Declaración de Independencia es una maravilla como documento político y su modernidad, su defensa de la libertad como derecho básico del individuo –no de una etnia, no de una comunidad religiosa, no de un país– es de un radicalismo asombroso para la época. Me gusta especialmente porque contra textos revolucionarios de otras tradiciones su apología está muy bien escrita y prescinde de cualquier dramatismo. Son convicciones expuestas tranquilamente: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». La Constitución francesa de 1791 fue también un impulso de emancipación, pero creaba una monarquía parlamentaria con sufragio censitario. Ni Estados Unidos ni Francia se convirtieron en democracias plenas entonces, pero consagraron y proyectaron un conjunto de valores políticos que seguimos considerando centrales, valiosos e imprescindibles para hablar de democracia, como la separación de poderes.

Gore Vidal solía afirmar que los padres fundadores redactaron la Constitución «para proteger los intereses de los grandes terratenientes y los más ricos comerciantes». Yo creo que Vidal no se equivoca al denunciar que los fundadores de la República «desconfiaban de la democracia». Ahora, cargado de canas, le doy la razón no a Vidal, sino a Washington, Jefferson, Franklin y Adams. Una democracia por encima de cualquier norma limitativa conduce al terror aguillotinado, a una corrupción monstruosa, al Comité de Salud Pública, a sangrientas querellas intestinas y, al final, a Napoleón Bonaparte. Sí, la élite de 1776 defendía sus intereses, pero entendía que sus intereses estaban mejor defendidos en un sistema democrático que supiera limitarse a sí mismo sin menoscabar los derechos civiles ni inmiscuirse en la vida o la conciencia de nadie. En todo caso, bravo por los líderes de una revolución que pusieron en juego sus cuellos y sus haciendas enfrentándose a un rey y al mejor ejército del mundo en ese momento: el inglés. Les costó años, dolor y ruina echarlos del continente. El mismo Vidal reconoce que, retóricas constitucionales aparte, las diez enmiendas de la Declaración de Derechos «son el núcleo fundamental de un Estado democrático»: la libertad de expresión, la protección contra registros arbitrarios, el derecho a un proceso judicial con plenas garantías y a un juicio justo, rápido y público, la advertencia de que el pueblo disfruta de otros derechos aparte de los que establece la Constitución y la puntualización de que los poderes no delegados por la Constitución en el gobierno federal están en manos de los estados o del pueblo. Y así ha sido durante más de 220 años.

Lo fascinante de la democracia estadounidense es que para ser miembro de la comunidad política no debes pertenecer a una etnia, a una religión, a una ideología, ni a ninguna mística nacional, revolucionaria o reaccionaria. Para ser estadounidense –para comportarse como tal en sociedad o alcanzar la ciudadanía– debes comprometerte con un pacto: la Constitución (y sus enmiendas). Debes mostrar tu compromiso con un conjunto de valores que son derechos, obligaciones, instituciones y reglas de convivencia. Es un genuino compromiso político y ético en el que las leyes preservan las libertades, el Estado no ejerce de ogro filantrópico, el poder político está descentralizado y fragmentado y en el centro se impone la autonomía del individuo. Espero que los estadounidenses lo sepan conservar de todos los ataques que lo acechan y malhieren en esta hora mísera y oscura. n

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