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Opinión | En el camino de la Historia

Un egocentrismo contumaz

Nicolás Copérnico. Retrato de autor anónimo, siglo XVI. |

Nicolás Copérnico. Retrato de autor anónimo, siglo XVI. | / ELD

En la época de la incredibilidad científica donde aún no se había llegado a la conclusión de Copérnico que supuso un severo cuestionamiento por el poder eclesiástico, al promover su teoría heliocéntrica donde definía que la tierra era un planeta más que giraba alrededor del sol.

En ese momento el planeta Tierra había dejado de ser el centro sobre la que todo giraba, lo que costó asumir que no había que estar bajo el influjo del mandato divino sino por la dinámica de las leyes de la naturaleza.

El mundo civilizado actual tiene sus normas, ajustes morales y leyes con la hechura y seriedad de los que toman decisiones, que no deberían equivocarse ni estar en una arrogancia permanente mas allá de un egocentrismo contumaz que se considera el centro de todo, que piensa que es muy importante y resta valor a las opiniones ajenas, las que muchas veces estimula a la carcajada.

El que así funcionara desde lo más alto del poder tarde o temprano tendría su debido castigo por ir en contra de las normas más elementales de la convivencia humana-política, con la que daría pábulo a que se elaborara una teoría de la reprobación, como aconteció a los que se reían de la teoría heliocéntrica de Copérnico. La que tardó su tiempo en llegar, pero, al fin se descorrió el telón de la sospecha.

Había un respeto a lo que entre todos se habían dado para organizarse, cuando no era así, la reprobación, el señalamiento con el dedo colmaría de vergüenza a los que actuaban con un cierto tufillo de imperialistas y como dictadores. O simplemente como impresentables.

Se tenía verdadero pavor al cuestionamiento personal y al castigo de la voluntad popular. Pero esa época pasó más bien sin pena pero con demasiados clarines sonando a gloria para algunos.

Podíamos volver en un gran salto hacia atrás en la historia y evolución humana donde ya no basta siquiera con una palanca de sofismas y retóricas para mover el mundo, basta tener el deseo y la fuerza que da el poder para hacer y deshacer. Llegándose al esperpento valleinclanesco de gestionar el disparate como teoría del poder.

Por tal motivo, si existen cargos públicos del gobierno sometidos a investigación por estar inmersos en conductas ciertamente confusas, no solo se les vitupera y aparta de la acción de gobierno hasta se aclare la verdad sino que se cree en ellos y apoya sine die, hasta el final.

Los hay que ante un desaguisado de magnitudes ciertamente preocupantes no se les cuestiona sino que ordena, como jerarquía sempiterna, como confesor de culpas que hay que seguir, pase lo que pase, si hay que desobedecer, se desobedece, lo mismo, si hay que reírse a mandíbula batiente; todo menos asumir la palanca o el giro copernicano de la ciencia. O sea, el mundo gira a su alrededor, él es la realidad, el centro, como en su tiempo fue la vieja Tierra.

Las leyes de la física como ciencia que se aproxima a la exactitud se habían puesto de manifiesto para elaborar constituciones, textos legales, dejando atrás viejos mandatos divinos y posicionamientos que van mas allá de la naturaleza de los hechos.

Sin embargo, el respeto por estos y la posibilidad de mejorar una sociedad, vemos como esta se ha encontrado aprisionada en unos barrotes, que aunque de cristal, asfixian, comprometen y conducen al ámbito del pasmo y de la perplejidad. Y en esas estamos.

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