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Opinión

Omertà canaria

Víctor de Aldama.

Víctor de Aldama.

‘Omertà’, o ley del silencio, es un término italiano, venido desde Sicilia. Significa, para los mafiosos de esa isla, que el que se chive de algo comete una traición. Y el que lo haga, pagará con su vida tamaña afrenta.

Recuerdo los cuentos de mi abuelo sobre la guerra. Me hablaba de bombas y disparos; de trincheras improvisadas, daños y muerte en el campo de batalla.

De primeras, le pregunté a qué se debía su alopecia. Me respondió que una bomba le había caído en la cabeza. Entonces fue tal el susto para cada pelo, pillados todos de sorpresa (cada uno se movía libremente, mecido por el viento) que abandonaron su cabeza-casa de súbito para no volver nunca. Tal fue la impresión capilar en masa, tras semejante ataque alevoso.

Me decía que entre los soldados y el sargento (mandamás sobre el pelotón) la camaradería era absoluta. Cada militar ocupaba su puesto, sabía lo que tenía que hacer. Y aunque las bromas eran pesadas a veces, jamás ninguno reveló quién era el culpable de las más desagradables. Los miembros del grupo se protegían unos a otros. Si alguno temía a la muerte, se le respetaba. “El cementerio está lleno de valientes”, decía.

También durante nuestra estancia en los centros educativos, el chivato estuvo siempre mal visto. Nos hemos quedado sin recreos todo el grupo; por culpa de ese alguien que ha cometido una fechoría; que sabíamos quién era, pero que nadie delataba. Unas veces, por temor a represalias; otras porque nos caía mal el docente; o porque el culpable era nuestro íntimo; el grupo te arrastraba; o porque cada uno también teníamos mucho que callar, no sea que nos delatasen a nosotros también: “el hoy por ti, mañana por mí”.

El chivato tiene nombre propio en nuestros días: Aldama. Sin acatar la ‘ley Omertà’ siciliana, desgranó ante la justicia toda la trama, con pelos y señales. Así, lo detraído a nuestra sanidad, a los enfermos de ELA (dependencia) y educación, podría tener una oportunidad más. Si no se hubiera chivado de esas mordidas, generadas a costa del trabajo del pueblo y detraídas de su bienestar, servirían sólo para el enriquecimiento de quien mordió; que las hubiera disfrutado junto a una jubilación (el jubilado diría que bien merecida) también pagada por todos.

Entonces no siempre es malo chivarse. En ocasiones, es la única manera de beneficiar a toda una comunidad, a todo un Estado.

En Canarias nos enteramos de nuestras miserias gracias a Madrid. Tal fue la suerte del destapado caso del ‘Tito Berni’.

Cabría pensar que Canarias es la comunidad más incorrupta de España. Afirmación con probabilidad remota, otra explicación se abre paso: vivimos bajo el imperio de la ‘ley Omertà’ canaria. Como en todos los partidos que han gobernado hay asuntos que callar, “en boca cerrada, no entran moscas”; pues todos saben de todos. En nuestra tierra aún no ha aparecido un Aldama de Canarias.

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