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Opinión | Tal cual

Pablo Paz

¿De qué se ríe el presidente?

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / Chema Moya / EFE

La pregunta más pertinente sería de quién se ríe. En cualquier caso, la respuesta más plausible y, a la vez, más inquietante, sería: de la propia democracia y, por extensión, de todos y cada uno de los españoles.

Supongo que es cuestión de situarles en contexto si no lo han adivinado ya: el pasado día 19 de junio la señora Armengol –que más bien parece actuar como una ministra más del Gobierno de Sánchez– impidió con los votos de la Mesa del Congreso donde están representados el PSOE, Sumar y el PP la tramitación de una votación propuesta por el propio PP y Junts, para pedir que el presidente Sánchez convocara unas elecciones anticipadas.

El día 25 de ese mismo mes, lo volvieron a intentar en el último pleno del Congreso antes de las vacaciones de verano: una mayoría de 178 diputados contra los 171 que se opusieron le pidió la dimisión al presidente Sánchez o someterse a una cuestión de confianza. Ante la pérdida de dicha votación al presidente no se le ocurrió otra acción que la de reírse a carcajada y aplaudirse a sí mismo arropado por la feligresía progre que lo arropa y adula hasta lo ridículo.

En cualquier país de nuestro entorno donde se toman en serio los principios democráticos y el respeto a las mayorías, el primer ministro hubiera dimitido o convocado elecciones. Pero estamos en España, donde la democracia se trata con desdén y donde la dignidad y las responsabilidades políticas hace tiempo que dejaron de existir. Aquí las líneas rojas se difuminan ante el daltonismo de los intereses personales del político de turno. De hecho, Sánchez hace tiempo que hizo añicos las pautas de comportamiento y las normas democráticas que hasta hace poco regían la vida pública española.

Vivimos un panorama sombrío –oscuro según palabras del rey–, donde nos gobierna un presidente que lo hace en contra de los deseos de la soberanía popular expresada en una mayoría del Congreso y del Senado. Sánchez sabía que dicha moción no le era vinculante, y por ello le daba igual. Aunque en cualquier otra democracia dicha proposición serviría para interpelar y hacer reflexionar a cualquier demócrata que tuviera un mínimo de escrúpulos e integridad liberal.

Que, por desgracia, no es el caso. Esta vez, el interpelado se ha reído con displicencia y desdén del poder legislativo y, ante los gritos de ¡dimisión! que coreaban la mayoría absoluta de los diputados, él se burlaba y aplaudía su propia y siniestra decadencia, mostrando una forma peligrosa de cómo entiende él que se debe ejercer el poder: yendo en contra de la propia democracia parlamentaria de la que se ha valido, en primer lugar, para llegar al poder a través de los votos de una mayoría mediante una moción de censura y, posteriormente, y una vez perdidas las elecciones, reuniendo los votos suficientes para conseguir una mayoría parlamentaria que lo arropara y lo legitimara en el poder.

No podemos seguir viviendo en una excepcionalidad permanente. Donde el ciudadano que ve que no puede llegar a final de mes, que se ve asfixiado por los múltiples impuestos y que ante cualquier, error, olvido, descuido o traspié en su relación con la administración, esta le cae encima sin piedad, contemple atónito cómo quienes están en el poder, en vez de servir a la comunidad y a los intereses generales, se sirven del poder para su propio beneficio corrompiendo todo a su paso.

La ciudadanía honrada no puede ni debe abdicar de exigir responsabilidades políticas a los líderes que amenazan nuestra democracia. Y mucho menos, permitir que se rían en nuestra cara. Es una cuestión de pura dignidad.

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