Opinión | Un carrusel vacío

Profesora, Dra. en Literatura española. Premios de poesía: Carmen Conde, León Felipe, Paul Beckett.
El vampiro

Sam Reid (Lestat) y Jacob Anderson (Louis) en ’Entrevista con el vampiro’. / AMC+
En el sueño, me encontraba en una carroza tirada por caballos, viajando a través de un paisaje empedrado bajo un cielo gris, amenazador de tormenta. Al fondo, un castillo, oscuro como el miedo. ¿Serían los Cárpatos? Es curioso recordar incluso el traqueteo de las ruedas del carro sobre las piedras del suelo. Y, de repente, los caballos relincharon y nos detuvimos. Una sombra se acercó hacia mí. Era el vampiro. Llevaba capa y el cabello peinado hacia atrás, como los vampiros clásicos. El terror me paralizaba mientras se inclinaba lentamente sobre mi cuello. Cerré los ojos: sabía cuál era mi destino.
Cuando los abrí, me encontraba en un bar. La gente, por grupos, disfrutaba de su bebida en la barra o sentados en mesas bajas. Por la ventana entraba una luz tenue, de media tarde. Me encontré con algunos conocidos y me uní a ellos. El vampiro parecía entonces solo un mal sueño. Pero alguien me dijo: vendrá a buscarte cuando den las doce de la noche. Me levanté bruscamente, dispuesta a abandonar aquel lugar, aunque aún quedasen muchas horas para las doce. Un terror indescriptible se había apoderado de mi alma. Sin embargo, la escena comenzó a desvanecerse.
Abrí los ojos. Estaba en el mismo sitio, pero las luces eran de discoteca y una música fuerte taladraba mis oídos. La gente bailaba, bebía, reía. Por la ventana, vi que era de noche. Antes de poder reaccionar, se hizo el silencio y unas campanadas lo atravesaron. Las conté: eran doce. De repente, se apagaron las luces y todo se quedó detenido.
Vi su silueta avanzando lentamente desde la puerta, cruzando la penumbra. La habitación se había quedado vacía, excepto por nuestra presencia. Sentí su respiración profunda en medio de la oscuridad, cada vez más cerca. Sabía cuál era mi destino.
Se inclinó sobre mi cuello con una delicadeza inusitada. Sentí sus colmillos atravesando mi piel y cómo poco a poco la fuerza iba abandonándome. Aquello debía de ser la muerte. Cuando ya no podía moverme, el vampiro se apartó de mi cuello y me miró como a un pañuelo gastado. Se había llevado toda mi sangre y ahora yo solo era un envoltorio vacío, inservible. Se incorporó y, sin mirarme una última vez, caminó hacia la puerta.
Al despertar de la pesadilla, me atormentaba una idea: aquel vampiro tenía un rostro reconocible: el de una persona que formó parte de mi vida durante bastantes años. Llegué a la conclusión de que mi subconsciente había resumido esos años en una sola imagen: el monstruo sacándome la sangre y dejándome tirada sin mirar atrás. El utilitarismo contemporáneo convertido en mitología.
Vivimos en una época en la que los psicólogos, los anuncios de televisión y, en general, la sociedad entera nos bombardean con un lema: «priorízate». La idea parece sencilla: poner por delante nuestro beneficio personal. Lo malo es cuando eso va en contra de otros valores desafortunadamente infravalorados, como la responsabilidad afectiva o la empatía. Es fácil hablar de «gente tóxica» para quitarnos de encima a quien ya no tiene nada que ofrecernos. No me estoy refiriendo a maltratadores o a personas que disfrutan haciendo daño: por supuesto que esas personas están mejor lejos. Pero a lo largo de mi vida he experimentado rupturas emocionales bruscas, tanto en el terreno de la amistad como en el sentimental, en las que la otra parte se ha retirado con cobardía, sin ofrecerme una mínima justificación o una despedida a la altura de las circunstancias. Y se han quedado ahí, dibujadas en mi piel, aunque nadie más que yo pueda ver la marca invisible de sus colmillos.
Creo que el mundo sería mucho más justo si, cada vez que tomamos una decisión, pensáramos no solo en nosotros, sino en el efecto que esta causa a las personas que tenemos alrededor. Y si, en lugar de cerrar los ojos y negarnos esa pequeña muestra de empatía, actuáramos teniendo en cuenta esas consecuencias. Ser animales racionales conlleva el desarrollo de la responsabilidad afectiva: lo más importante para nosotros mismos no debemos ser nosotros mismos, sino nuestros padres, nuestros hijos, nuestra pareja… Dentro de unos límites: no se trata de ceder a exigencias injustas, sino a hacer del amor algo más que una palabra.
Yo creo que perdemos una parte de nuestra humanidad si asociamos una utilidad concreta a un ser querido, sea este un amigo, una pareja o un familiar. Le chupamos la sangre y lo abandonamos. Como ya hemos decidido que no será parte de nuestra vida, consideramos que cumplió su función en ella y que no merece la pena regalarle una despedida digna. Y nos vamos convirtiendo, sin querer, en el vampiro de mi pesadilla.
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