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Opinión | Punto de vista

Albert Soler

El Mundial me ha hecho pobre

GR4087. LOS ÁNGELES (ESTADOS UNIDOS), 02/07/2026.- Jugadores de España posan este jueves, en un partido de los dieciseisavos de final del Mundial de la FIFA 2026 entre España y Austria en el estadio SoFi en Los Ángeles (Estados Unidos). EFE/ Omar Alonso

GR4087. LOS ÁNGELES (ESTADOS UNIDOS), 02/07/2026.- Jugadores de España posan este jueves, en un partido de los dieciseisavos de final del Mundial de la FIFA 2026 entre España y Austria en el estadio SoFi en Los Ángeles (Estados Unidos). EFE/ Omar Alonso / Omar Alonso / EFE

Cuando decían que el fútbol era un deporte de millonarios, yo pensaba que se referían a los jugadores. Gracias al Mundial me he dado cuenta de que no, de que los millonarios son los espectadores o, lo que es lo mismo, que yo soy pobre. Ser pobre no es malo, yo lo he sido toda la vida y aquí me tienen, tan feliz, si un día no puedo pagar mis cervezas en el bar Cuéllar, seguro que el dueño me va a fiar. A la pobreza se acostumbra uno, lo malo es cobrar conciencia de ella de un día para otro, como me ha sucedido a mí. Y por culpa de la televisión.

Uno ve esos estadios de fútbol de Norteamérica, llenos hasta la bandera para ver unos partidos infumables y empieza a echar cuentas: 500 euros por cada entrada –una normalita y de la fase previa, no hablemos ya de las eliminatorias o de la final– más un par de semanas o un mes de vacaciones en Estados Unidos para toda la familia, y le da vértigo el resultado de la suma. Y claro, uno ve a miles de suizos, alemanes, franceses, suecos, noruegos o japoneses animando a sus selecciones y lo acepta deportivamente, yo soy español, español, español y sé que no puedo compararme con esos países desarrollados, a menos que me hubiera metido en política a trincar. Nosotros somos los camareros y limpiadoras de estos aficionados cuando vienen de vacaciones a la Costa Brava, no hay nada que objetar, cada uno sabe cuál es su lugar en el mundo y en la escala social. Lo que ocurre es que cuando juegan Sudáfrica, o el Congo, o Paraguay, o Argelia, o Curaçao, o –por Dios– la misma Haití, uno espera las gradas vacías y, en cambio, están llenas de aficionados de estos países, a saber qué órganos de su cuerpo o a qué miembros de sus familias habrán subastado para permitirse este lujo. Encima están alegres y cantando, en lugar de estar pasando hambre en las gradas, como deberían. Cabe la posibilidad de que sean actores de reparto puestos ahí por la FIFA, pero no cantarían el himno con esa pasión, ni siquiera se sabrían la letra. Hasta iraníes habría, si Trump les hubiese concedido el visado, pero al parecer le daban miedo.

La conclusión es que no hay países del tercer mundo, sino personas del tercer mundo. Y yo soy una. Y usted también, querido lector.

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