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Opinión | Retiro lo escrito

El bermudazo

José Manuel Bermúdez, alcalde de Santa Cruz de Tenerife.

José Manuel Bermúdez, alcalde de Santa Cruz de Tenerife. / MARIA PISACA

Hace un par de días el alcalde de Santa Cruz de Tenerife (y diputado regional) José Manuel Bermúdez afirmó dramáticamente que si la sede del CD Tenerife se trasladaba a otro municipio ya no consideraría a Coalición Canaria como su partido. Al leerlo sentí una agobiante presión en el pecho, la necesidad imperiosa de salir a la calle y comprobar que Santa Cruz todavía seguía en pie, al menos físicamente. Pero los vecinos eran otra cosa. La conmoción, el miedo, la aguda sensación de una amenaza inminente de orfandad universal se podía constatar en cada rostro, en el temblor de todas las manos. Los niños lloraban, los adultos evitaban mirarse, los ancianos cerraban los ojos y parecían juncos a merced del viento. El frutero de la esquina estaba desesperado y desde la puerta de su establecimiento lanzaba sus hermosas papayas sobre la acera mientras gritaba:

–¡Para qué sirven las papayas en este mundo si Bermúdez dejará de ser alcalde de Santa Cruz!

–¡Escáchalas todas! ¡Escáchalas todas! –le increpó una prejubilada de Correos y Telégrafos que apenas se tenía en pie de puro dolor agarrada a una farola.

–¡No voy a dejar ni una! ¡Por Bermúdez!

En El Imperial solo se tomaba tila. Se escuchaban espantosos rumores sobre la circulación de pastillas de cianuro en casas de comida y restaurantes de la capital. Incluso el tiempo había cambiado. El cielo se había cubierto de nubes oscuras. Arreció un viento impregnado en olor a excremento y azufre. Las temperaturas descendieron abruptamente. Cuando sobre Santa Cruz comenzó a granizar –y en cada diminuta piedra de hielo estaba esculpido el sereno rostro del alcalde que se marchaba– todo el mundo supo que había llegado el fin…

De repente desperté. Me había quedado dormido viendo un programa en la tele. En el programa en cuestión –como en casi todos– unos reporteros recorrían las islas para llamar a todo el mundo miniño y explicando con la espontaneidad de una persiana que nada más canario que una batata, o una tabaiba o una nonagenaria en un telar –que también era miniña– y cosas así. Recordé que esa técnica –lo de enfrentarse supuestamente con el Gobierno o el Cabildo– lo había practicado el alcalde varias veces en el pasado. Es un movimiento muy curioso en este contexto. Las elecciones de 2027 (las generales y las autonómicas y locales) van a ser las más difíciles para todas las fuerzas políticas desde los años setenta. Para la izquierda porque amenaza una auténtica ruina político-electoral, para el centro y la derecha moderada, porque Vox amenaza con debilitarlos e impedir cualquier mayoría. No es el momento más idóneo para bermudazos por el estilo. Pero es que, además, ¿no existen asuntos más graves e inmediatos en la gestión municipal que un puñetero estadio o cualquier otro? El aumento de la pobreza y de la exclusión social en el municipio, o la ausencia de acceso a la vivienda en propiedad y alquiler, o no contar con un plan cultural estratégico para desarrollar unas políticas públicas rigurosas y coherentes. Tal vez esas situaciones justificarían mejor gestos heroicos –primero mi ciudad, luego mis siglas, y rimbombantes proclamaciones similares– que un estadio de fútbol, aunque sea el Heliodoro Rodríguez López. Por lo demás esa heroicidad es perfectamente inverosímil. Bermúdez, que es un muy experimentado político profesional, ni piensa abandonar su partido ni ningún otro partido tendría interés por él. Algo no va del todo bien cuando el estadio y el monumento de exaltación a Franco son elegidos como una suerte de trincheras frente a propios y extraños para ya no defender, sino legitimar la acción del gobierno municipal santacrucero. Se están liando solos.

Sería tan satisfactorio que los tres grandes partidos elevaran el nivel del debate en el espacio público y debatieran sus modelos de ciudad para el medio y largo plazo. Sería tan tonto esperarlo.

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