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Opinión | Al filo de las letras

Nayra Bajo de Vera

Nayra Bajo de Vera

Periodista y escritora

Frente al hambre de ser pequeñas, michelines peludos al aire

Frente al hambre de ser pequeñas, michelines peludos al aire

Frente al hambre de ser pequeñas, michelines peludos al aire

Como todas las niñas que sobrevivimos a criarnos en los dosmiles, tengo truquitos bajo la manga que a veces se me escapan como actos reflejos. Bebo agua para engañar al estómago que ruge, me lavo los dientes para evitar la tentación dulce, a veces hago un par de abdominales antes de dormir. La cultura de la dieta me ha dado de comer toda la vida, alimentando una búsqueda permanente de la delgadez que lucha contra los atracones sentimentales y el exceso de comida primermundista. Esto es, al mismo tiempo, un privilegio envenenado y una condena agradable: me debato si debería comer una tableta de chocolate de la que me arrepentiré luego mientras hay niñas que tragan tierra a falta de arroz.

La obsesión por la delgadez es mucho más que una moda o una estética: responde a una corriente sociopolítica conservadora que pretende mantener a las mujeres frágiles, controlables y pequeñas. Está volviendo ahora, en los años veinte de este siglo, pero se encuentra muy lejos de ser algo pasajero o exclusivo de nuestros tiempos. La década de los dos mil fue especialmente brutal para las mujeres, quienes sufrimos una cultura pop en la que un cuerpo sano era tachado de obeso, asqueroso e imposible de encontrar atractivo. Mientras tanto, los cuerpos enfermos, incapaces de tener la regla, desnutridos y huesudos marcaban todas las casillas del canon de belleza. Aprendimos que comer exclusivamente lechuga y pepino era sinónimo de portarse bien. Miren un episodio de cualquier serie de la época y lo verán.

Esa forma de habitar el mundo no era nueva entonces y tampoco lo es ahora. Incluso cuando la moda era estar «thick», siempre ha habido unas barreras muy claras entre lo que se considera bello (y por tanto válido y respetable) y lo que no: las mujeres con grandes caderas, culos y pechos se siguen retratando con cinturas de abeja, un abdomen plano y ni rastro de celulitis. Grandes sí, pero no demasiado, ni en todas partes.

Veo una preocupación creciente por la cantidad abrumadora de mujeres famosas que están adelgazando hasta quedarse casi en los huesos. A mí también me preocupa: son el modelo aspiracional en el que se fijan las niñas y mujeres de todo el mundo. Pero también me preocupa que, cuando ganan apenas cinco o diez kilos, mucha gente deja de ver un problema en que la mayoría de nuestras referentes sean delgadas.

Aterrizamos, una vez más, en los meses de verano. Mi mente se traslada inevitablemente a aquellos años en que me acomplejaba tanto mi cuerpo que me privé a mí misma de ir a la playa. Nunca se trató de una cuestión de salud, como muchos pretenden hacernos creer: fui una adolescente sana que comía de forma balanceada y hacía deporte regularmente. Ahora veo fotos de esa época y no entiendo cómo pudieron hacerme creer que necesitaba –que verdaderamente necesitaba– perder peso. Sé que estoy escribiendo la vida de muchas otras mujeres, y eso me entristece más todavía. La tristeza siempre da de comer a la rabia.

Sería muy cómodo y ‘bienqueda’ predicar un mensaje de positividad sobre todos los cuerpos, independientemente de su tamaño o forma, pero siento repugnancia por esos mensajes vacíos de contenido político. Los agarro con el puño cerrado, los estrujo y los rompo entre mis dedos. Por mucho que seamos conscientes de que hay un gran mecanismo social y comercial que se beneficia de nuestras inseguridades, sigue siendo muy difícil luchar contra el bombardeo al que hemos estado expuestas desde antes de nacer. Por mucho que queramos despojarnos de ellas, las inseguridades siempre estarán ahí, al acecho, susurrando al oído que podríamos estar un poco más delgadas, por ende más guapas, por ende más válidas, por ende más respetables. Esa es nuestra vara de medir.

Por eso, te propongo una cosa y me la propongo a mí también. En lugar de intentar despojarnos de unos lastres sociales que nunca dependerán de nosotras, practiquemos la indiferencia hacia la imagen que proyectamos. Es complicado, pero no hay mejor acto de resistencia frente al auge de la extrema derecha que poner el cuerpo, ser gordas descaradas y estar cómodas con nuestros michelines. Y si son peludos, mejor.

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