Opinión | Miel, limón & vinagre
José María de Loma
Felipe González, Dios y crítico

Felipe González.
Si hubiera o hubiese atendido todas las solicitudes de las que en plena juventud y piquito de oro le gritaban que querían un hijo suyo, no habría España vacía. Tal era la admiración rendida que provocaba. Ya desde la oposición. 202 escaños en 1982. Presidente hasta el 96.
Felipe González es un señoro barrigón con puro en la cubierta de un yate que bizquea políticamente a la derecha. Esta descripción es profusamente difundida y profundamente injusta sin ser incierta. Fue el gran modernizador de España, el primer presidente de izquierdas desde la II República. Tal vez usted lee este texto e incluso lo comprende, lo alaba o critica, gracias a que se formó y adquirió comprensión lectora con una beca para estudiar. Usted, su padre o su hijo. Fue Felipe el que instauró / universalizó el sistema de becas, el que extendió la educación pública, la protección de la Seguridad Social y el subsidio del paro, el que nos metió en la UE y en la OTAN. Un estadista, un modernizador, un padre de la patria. Lo malo de los padres de la patria es que siguen viviendo y hacen cosas y cuando salen del poder no se están quietos.
Cada presidente del Gobierno de España se ha dedicado a una cosa al abandonar la Moncloa. Felipe González se ha dedicado a no ser él mismo. A vivir en lo hedonista y tocante a lo material como si fuera Rajoy, a sonreír como si fuera Zapatero y a pensar, ay, casi, como si fuera, o fuese, Aznar. Seguramente también tendrá algo de Suárez, al que admira en la posteridad. Y hasta de Leopoldo Calvo Sotelo El Breve, que fue un año presidente del Gobierno y del que Felipe leyó unas cortas y jugosas memorias plagadas de sentido del humor. Si no se hubiera dedicado a la política, Calvo Sotelo podría haber estado a la altura de Mihura, Ussía o Arniches, pero claro, a un señor ingeniero con gafas y calvo siempre con traje que aprueba con veintipocos unas oposiciones dificilísimas, no se le puede tomar en broma ni se le tiene por humorista. Perdone el lector esta excursión sobre otro presidente y volvamos a Felipe González, declarado antisanchista, 84 años, vuelve a la actualidad por sus opiniones sobre el contexto político. Instando por ejemplo a Zapatero a devolver las joyas. No resulta incomprensible de dónde vienen esas joyas, si no que no haya dado aún explicaciones. González es también partidario del váyase, señor Sánchez. Quiere elecciones ya. González, no Sánchez. El expresidente no gusta de tanto entendimiento con los nacionalistas, a él solo le gustaba Pujol y si acaso Arzalluz, y tampoco cree mucho que sea legítimo un Gobierno de un partido que perdió las elecciones. Él, González, podría haber pactado con IU en el 96, pero no se le pasó por la cabeza. Ni a él ni a nadie. Los usos, y las audacias, han cambiado, a lo que se ve.
Felipe González se ha convertido en un Dios para la derecha, que lo idolatra tanto como en su tiempo lo denostó. Sufrió conspiraciones, campañas de deshumanización, pero todo se olvida, y ahora cada vez que se mete con Sánchez, la derecha entra en éxtasis. En estos años se ha hecho millonario. Cuanto más viva, deseamos que mucho tiempo más, más poliédrico será su paso a la historia. Para los jóvenes, bro, es un reaccionario que va contra su propio partido. Lo malo es que no pocos mayores (los que no cortaron sentimentalmente con él a raíz de los GAL) comienzan a pensar lo mismo.
González es millonario, jocoso, analista político y verborreico. Conserva las capacidades oratorias y casi las seductoras. Cometimos un error al creer que se dosificaba. Las cayetanas le hacen la pelota y él seguramente las desprecia.
Una de sus últimas apariciones ha sido con Page, el crítico oficial del socialismo, comentando la sentencia del caso mascarillas, alabándola y quitándole importancia al hecho de que Aldama, condenado a cuatro años y medio, no vaya a entrar en la cárcel.
La vertiente de experto en sentencias no las vimos venir. De sus palabras se deduce que aún entiende a este país, el problema es que demasiada gente ya no lo comprende.
Fuente: La Opinión de Málaga
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