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Opinión

Ana González Duque

Dime qué libros tienes pendientes y te diré qué vida imaginaste

Imagen creada por inteligencia artificial.

Imagen creada por inteligencia artificial. / OpenAI

Cuando visito a alguien siempre me fijo en sus libros. Los libros que has elegido dicen de ti mucho más que cualquier otra cosa, sobre todo los que tienes guardando equilibrio en la mesita de noche. A veces, los pendientes no son una pila, como en mi caso, sino una estantería entera (y otra más digital) en la que las novelas entran con entusiasmo y se pierden como calcetines en la lavadora.

Porque los libros que compramos y no leemos no son solo libros: son intenciones, promesas, versiones soñadas de nuestra vida.

En mi mesilla ahora mismo hay un ensayo que compré porque todo el mundo lo ha leído y yo no y no quería quedarme fuera de la conversación, y que me mira con resentimiento desde el 2023 porque no le dedico el tiempo que debería. Es de esos libros que se compran en papel porque se subrayan y se releen. Y por lo tanto un libro ideal para el verano, pero por lo que sea en los últimos dos veranos se ha quedado en la pila de pendientes. «De este año no pasa», me digo, como la que va al médico a ponerse a dieta.

También está ese libro que compré para un viaje en el que al final no leí porque me puse a escribir. Y el que me regaló una amiga porque estaba segura de que me gustaría y que no me ha enganchado.

Lo curioso es que cuesta desprenderse de esos libros. Aunque sepamos que algunos no los leeremos jamás, donarlos parece una traición. No al libro, sino a la vida que imaginamos cuando lo compramos. La vida culta, tranquila, con tiempo. La vida en la que una lee al atardecer mientras suena el mar de fondo y nadie pregunta qué hay para cenar.

Pero quizá no pasa nada. Puede que las pilas de libros pendientes no sean en realidad un fracaso, sino una forma muy humana de esperanza. Seguimos haciendo planes con nosotras mismas. Como una cava llena de vinos atesora su contenido para el momento perfecto de catarlo.

Somos los libros que leímos, claro. Pero también somos los que todavía creemos que algún día leeremos. A lo mejor no hay que leerlos todos. A lo mejor basta con que estén ahí, formando una especie de biografía secreta: la de la persona que fuimos cuando los compramos, la de la que somos cuando los evitamos y la de la que seguimos queriendo ser cada vez que decimos: «Este verano sí».

Y luego llega julio, claro, y nos compramos tres más.

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