Opinión | El recorte
Dos caminos

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, en la inauguración de la nueva sede de la ONU Turismo. / José Luis Roca
El presidente Sánchez es el vertedero de todos los males de España. Y encima le quieren endosar la impotencia de la oposición para encontrar la manera de llegar al Gobierno.
Es un hecho indiscutible que el Sanchismo merece un final político, antes que judicial. Y que este país lo necesita. Pero resulta absurdo que se haga responsable al reo de declararse culpable, ponerse la soga al cuello y tirarse por el balcón. Pedro Sánchez, como cualquier animal político, busca su propia supervivencia y bracea desesperadamente para mantenerse a flote en el mar de excrementos políticos en que se ha convertido su vida. La responsabilidad de poner punto final a este espectáculo la tienen los partidos del Congreso de los Diputados, que representan a la soberanía nacional. Y es ahí donde nos damos de bruces con la realidad: esa soberanía ya no existe.
La llave para que haya elecciones en el Estado español la tienen los adversarios de ese mismo Estado. La izquierda comunista y los nacionalistas vascos y catalanes prefieren mil veces un régimen terminal y un presidente agonizante antes que un nuevo Gobierno fuerte, en manos de una derecha que defiende la recentralización y el fortalecimiento de España como nación. De todos los espectáculos increíbles que hemos visto en este periodo de cosas insólitas el más esperpéntico es sin duda una votación en la que una mayoría parlamentaria que puede echar a un presidente con una moción de censura le suplica que tome la decisión de irse voluntariamente. «Como no nos ponemos de acuerdo para echarle, por favor váyase usted por su cuenta». Si no es patético se le parece mucho.
Sánchez domina el PSOE con mano de hierro. No hay debate interno y aquellos que discreparon con él han sido ejecutados. El viejo partido socialista es una estructura de aclamación donde no existe la disidencia. Robespierre terminó en la misma guillotina a donde envió a tantos de sus camaradas y muchos se consuelan pensando que ese es el destino de todos los tiranos. Pero no es verdad. Muchos murieron en la cama.
La estrategia de Pedro Sánchez para su propia supervivencia no pasa por ganar unas elecciones imposibles, sino por salvar su imagen del naufragio. Y minimizar las pérdidas. Por eso ha vuelto a defender la cochambrosa tesis de que los poderes del Estado, jueces y policías, están cercando a su partido y atacando a su entorno para derribarle. Cultiva de nuevo su papel como el único aliado de los territorios que aspiran a ser independientes: «o yo o el caos». Y sugiere, a la izquierda de su izquierda, que él es el voto útil y el único camino viable hacia un nuevo Estado que vendría a sustituir al viejo y obsoleto, nacido de la Transición, de la que abominan, en un proceso constituyente hacia una nueva República.
Puede parecer un delirio. Pero Sánchez siempre apuesta fuerte. La sombra que está detrás de sus sombras es la propia Constitución. Y lo que se puede pudrir no es un líder rodeado de demasiados corruptos, sino un partido constitucional. Para el Sanchismo solo hay dos escenarios posibles: o se carga el sistema para salvarse o arrastra al desastre al socialismo español. Eso es por lo que está apostando esa gente de la que García Page dice, con amarga ironía, que no les votan ni en su pueblo.
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