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Opinión | Aquí una opinión

Cómo lo recordará cada uno

El papa León XIV.

El papa León XIV. / Kike Rincon

Visité a un amigo ingresado en el Hospital de La Candelaria el mismo día en que la ciudad estaba hipnóticamente sumida en una especie de ostentación religiosa que la distorsionaba como nunca antes.

Seguramente que por las restricciones de circulación y el consecuente caos originado, los pasillos hospitalarios permanecían ocupados únicamente por el personal sanitario que iba y venía con su habitual concentración en la tarea y sin prestar demasiada atención a mis saludos en forma de susurros al cruzarnos. Tiene algo de marcial este mundo de batas blancas, verdes, celestes… unos códigos que el lego no alcanza a entender pero que se convierten en nuestra búsqueda de la personalidad humana que anhelamos escondida en el interior del tejido.

Los diálogos que sobrevolaban el espacio poco tenían que ver con el trasiego de quienes se dirigían al encuentro con una celebridad que ya, en días anteriores, nos había regañado a todos, no solo a los practicantes de su doctrina, por unas políticas migratorias que ya querríamos funcionasen tan bien como aquí en su propio país de nacimiento o en el de residencia, o al que se le había invitado a exponer un discurso religioso en el edificio público donde se debaten y aprueban leyes laicas y que, entre otras libertades, otorga a hombres y mujeres los mismos derechos, algo que el ilustre invitado, en cuestión, no tendrá el placer de experimentar en sus dignidades eclesiásticas porque éstas recaen, obligatoriamente, en varones. En cambio, donde yo me encontraba las expectativas, bajo circunstancias de deseos que brotan de la esperanza, eran diferentes: «ha pasado otro médico, es que ahora todo funciona en equipo, mejor así, cuatro ojos ven más que dos», «a ver esta semana ya me dicen algo», «no sé si dejarán entrar al crío» …

Un hospital, en la buenísima suerte de país que nos ha tocado, no es nada fuera de lo común excepto para el paciente que lo transita porque la pérdida de lo cotidiano pone a prueba la paciencia y, a ratos, hasta el sentido común, inmersos en una suerte de desnudez física contrapuesta al ropaje de las dudas que se amontonan ante lo que percibimos como lentitud y a la que zarandearíamos para poder volver a caminar por aquella vida aburrida pero tranquila que tanto añoramos.

Y porque, cualquier otra pretensión, es tan vacua como tirar piedras a la luna o rezarle a alguna divinidad, nos sentamos en un pasillo de consultas, esa mañana completamente vacío, él, un paciente atado a su carro de goteo y yo, una compañía sin prisas a que la calma fuese tomando cuerpo mientras cotilleábamos de lo superfluo o pretendíamos analizar lo importante. Al rato, la calidez del ambiente nos fue conectando con nosotros mismos y permanecimos sentados charlando desde el silencio sin escuchar ni prestar atención al vacío ruido de fuera.

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