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Opinión | RETIRO LO ESCRITO

Escoria

Entre la izquierda española Hugo Chávez no tuvo mala prensa, sino todo lo contrario. No me refiero a los morados tiñosos que visitaron Caracas, proclamaron el chavismo como nueva frontera revolucionaria latinoamericana, mantuvieron relación abierta con la dictadura, recibieron pasta y hasta eventualmente disfrutaron de despacho en Miraflores. Seguro que saben a los que me refiero. Aunque con el madurismo se mostraron más discretos, las relaciones con ese régimen miserable siguieron abiertas y operativas, y ese fraude político e intelectual, Pablo Iglesias, defendía la luminosa bondad de «un proceso revolucionario que mostraba contradicciones pero al que el imperialismo norteamericano intentaba destruir día a día». Vomitivos sinvergüenzas. Uno cobró a precio de oro un informe sobre una propuesta de unificación monetaria de Latinoamérica (un tipejo sin ningunos estudios de economía) y luego no los declaró a Hacienda. A esta camada de golfos – que jamás supusieron un peligro real para las élites financieras y económicas del país y su status quo –se les ha tolerado todo–. Pero quería hablar de la otra izquierda y, en particular, del PSOE. El Gobierno socialista nacido en 2018 mantuvo siempre –al margen de ocasionales declaraciones más o menos abstractas– una actitud benevolente frente al régimen chavista. Sin duda la relevancia de los intereses españoles sugirió esta tibieza, y singularmente, se actuó asumiendo la situación de tres grandes empresas frente a los dirigentes chavistas: Repsol, a la que PDVS debe cientos de millones de euros; el BBVA, socio mayoritario del mayor banco privado que opera en Venezuela junto a Mapfre, y Telefónica, con nueve millones de clientes y casi la mitad del mercedo de la telefonía móvil, que había anunciado su voluntad de salir del mercado venezolano antes del Chancletazo del pasado 3 de enero.

Aunque puede parecer lo contrario se ha informado poco y sobre todo desacertadamente sobre la naturaleza, los métodos y los objetivos del chavismo y su evolución durante un exasperante cuarto de siglo. Se ha trasladado una imagen pintoresquista y hasta simpaticona de Chávez. La arbitrariedad demencial de la dictadura, la falsificación de las elecciones a partir del 2003, su represión a menudo grotescamente paternalista, los miles de asesinados y decenas de miles de detenidos y encarcelados con y sin proceso legal, el 25% de la población en el exilio y una economía en ruinas. Eso es el hediondo legado del chavismo y sus principales víctimas no son las docenas de ricachones venezolanos –algunos bien vinculados con la dictadura– que se han mudado en Madrid, sino la inmensa mayoría del pueblo cuyo nivel de vida ha descendido brutalmente. Venezuela no llegó a disponer de un verdadero Estado de Bienestar durante el adecocopeyanismo, pero existían un conjunto de estructuras y rudimentos programáticos en la sanidad y en la educación públicas. El chavismo acabó con todo mientras despilfarraba más dinero que nunca y la corrupción alcanzó una dimensión criminal plenamente mafiosa. El caos después de los terremotos de la semana pasada resulta también el producto de una dictadura cruel y cleptómana, pero además ineficaz e ineficiente. Solo saben robar y corromperse, mentir y corromper. Por eso Venezuela es un caos perfecto dentro de una catástrofe bíblica y no funciona nada: ni los planes de emergencias, ni las fuerzas armadas, ni los transportes, los hospitales de campaña, ni las excavadoras que no existen, ni los servicios sanitarios, ni la gestión de la ayuda exterior de gobiernos y ONG.

El juez instructor debería autorizar a José Luis Rodríguez Zapatero a viajar al país para comprobar el brillante resultado de la gestión de sus amigos. Porque se declaró amigo de Delcy y Jorge Rodríguez –dos delincuentes encanallados– hace apenas dos días. Curioso mediador ecuánime pero amigo de una de las partes: la que detentaba y detenta aun el poder. Cenando con Nicolás en Miraflores, tomando el té con Delcy en La Casona, echándose nos palos con Jorge en el Tamanaco. El faro moral. Tú solo iluminas tu propia escoria. n

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