Opinión | El recorte
Un país, dos catástrofes

Caos y desolación en La Guaira, una ciudad destrozada por los derrumbes en Venezuela
Venezuela ha vivido dos enormes catástrofes. Una fue ayer; dos terremotos. La otra ha durado décadas: un régimen autoritario bananero, plagado de incompetentes, que ha arruinado el país y expoliado su riqueza. De los dos desastres, uno fue impredecible. El otro fue consecuencia de una clase política irresponsable y cleptómana, que terminó con el pueblo pidiendo a gritos la llegada de «un salvador». Igual les suena de algo.
Los efectos de los sismos de esta semana han sido devastadores. La red de Involcan detectó dos sacudidas de 7,2 y 7,5 en la escala de Ritcher. La intensidad sísmica alcanzó en algunas zonas el grado IX en la escala de Mercalli, que implica daños severos en construcciones, destrucción de cimientos e infraestructuras y rotura de tuberías. Las primeras cifras hablan de decenas de miles de desaparecidos, que es un eufemismo para referirse a seres humanos enterrados bajo cascotes de edificios derrumbados. Y Estados Unidos ha adelantado un increíble cálculo de víctimas, de muchos miles de muertos.
En los próximos días tendremos más información sobre los daños sufridos. Pero los primeros datos y el relato de los testigos no auguran nada bueno. Y lo que es peor, esta catástrofe natural, de origen tectónico, ha golpeado un país que ya estaba de rodillas. La sanidad venezolana se encuentra en precario desde hace muchos años y la carencia de medicamentos es escandalosa, hasta el punto de que muchos ciudadanos han podido atender sus dolencias gracias a los envíos de sus familiares residentes en el exterior.
El desastroso régimen bolivariano, apoyado en los militares y en una policía represiva, ha destrozado el país y ha producido el exilio de millones de ciudadanos. La inflación galopante transformó la moneda nacional en un papel sin valor, los servicios públicos entraron en colapso y los índices de pobreza se convirtieron en los más altos de América. En medio de ese desastre social, esta catástrofe puede ser aún más mortal. Para enfrentar las secuelas de una devastación como la ocurrida es necesario un sector público potente, dotado con los medios necesarios para actuar con la máxima rapidez y eficacia. La vida de miles de personas atrapadas por derrumbes o que se han quedado sin viviendas y sin recursos depende de la velocidad de respuesta de los equipos de emergencia y de rescate. De los medios materiales y humanos que se empleen. Y de un sistema de salud robusto, capaz de atender a los miles de casos que van a empezar a llegar a los centros sanitarios.
Venezuela tiene carencias graves en todas esas materias. Y aunque la ayuda internacional se ha puesto en marcha desde el momento mismo en que se ha tenido conocimiento de la gravedad de los daños, el tiempo que se tarda en establecer los corredores humanitarios y el envío de personal especializado juega en contra de quienes están esperando una ayuda que en muchos casos llegará tarde.
Desgracias como esta nos muestran, de la peor manera posible, la importancia de tener un Estado del Bienestar capaz de ayudar a sus ciudadanos en situaciones de dificultad. Dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena. Pero también dicen que un ejemplo vale más que mil discursos irresponsables. Pues, ustedes mismos.
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