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Opinión | Claroscuro

Saray Encinoso

Me he gastado

Carlos Alsina

Carlos Alsina / Onda Cero

No es ninguna primicia. A partir de septiembre, Carlos Alsina dejará de conducir Más de uno, ese programa que durante años ha funcionado para muchos oyentes como una brújula con la que moverse en un mundo en el que cada vez es más complicado saber dónde está el norte y dónde el sur. El día que anunció su paso a un segundo plano, dedicó su célebre monólogo a enumerar sus motivos. Más de uno se llamó así porque siempre fue un proyecto colectivo. Él nunca tuvo la intención de perpetuarse. El programa necesitaba energía nueva. Al final, después de dar tantas vueltas en torno a la misma idea, acabó confesando la verdad: me he gastado, dijo. «Cuando tienes 25 años, te comes el mundo, y cuando tienes 56 para 57, ya te conformas con que el mundo no te coma a ti».

El periodista llevaba tiempo avisando de que este momento terminaría llegando. Lo había sugerido en alguna entrevista: quería dejar de madrugar, recuperar horas de sueño, vivir a otro ritmo. Podría haberse despedido de otra forma, con un discurso más convencional. Ninguna opción habría evitado las especulaciones acerca de si su salida obedecía a intereses políticos o no. Pero eligió otro camino. Dijo que estaba cansado y que la actualidad política empezaba a generarle ya cierto hastío.

Lo interesante no es que Alsina deje de liderar las mañanas en Onda Cero, sino que hable de desgaste. Podemos perder amigos por el camino. Podemos dejar a nuestra pareja. Sin embargo, parece que hay algo que debería sobrevivir a todo, incluso al ritmo acelerado de nuestro tiempo o a la precariedad: la vocación. Quizá sea porque a muchos nos enseñaron que admitir aburrimiento, cansancio o distancia con lo que hacemos equivale a reconocer una derrota profesional y personal. La pasión no puede agotarse; debe permanecer intacta, inmune al paso del tiempo. Como si aquello que nos entusiasmó a los 25 años, cuando salimos de la universidad, tuviera necesariamente que seguir entusiasmándonos a los 55.

Mientras escuchaba su monólogo, pensé en cuántas personas no se permiten reconocerse a sí mismas que ya no disfrutan con su trabajo, que aquello que las llevó a decantarse por esa profesión ya, simplemente, no existe. Algunas vocaciones se deterioran como lo hacen las relaciones. No porque haya una traición, no porque ocurra algo insalvable, sino porque cada uno ha evolucionado de forma distinta. Lo extraño no es que cambiemos, es que permanezcamos iguales durante décadas.

Nos han adiestrado en la idea de que no tener ambiciones profesionales es una forma de mediocridad. Pero nadie nos contó que vocación y ambición no son lo mismo. Las ambiciones mutan a lo largo de la vida. A veces siguen existiendo, pero ya no tienen que ver con el trabajo ni con el ascenso laboral. Están vinculadas al tiempo, a la tranquilidad o a proyectos que antes no oteábamos en el horizonte.

Además, tendemos a creer que no nos gusta nuestro trabajo cuando quizás lo que no nos gusten son las condiciones en las que lo desarrollamos. Alsina no abandona la radio, lo que deja atrás es el ritmo acelerado en el que lleva inmerso décadas. Deja de madrugar y de reaccionar a cada vaivén de la actualidad política. Su vocación ha cambiado, pero no se ha extinguido.

Su decisión cuestiona también un dogma: el de que toda trayectoria profesional debe sustentarse en ascender y competir, que el único camino es en línea recta y hacia arriba. Aunque reconozco que, de todas las lecciones que dejó Alsina en su monólogo, a mí la que me convenció más fue cuando habló del escritor francés Sylvain Tesson y contó que, cuando decidió retirarse a una cabaña en Siberia, la única razón que dio fue que tenía lecturas atrasadas. Después de trabajar queda mucho por hacer. Alsina no lo ha olvidado. Y eso es lo único que me interesa a mí, que, aunque varíen las personas o los intereses que me acompañan, las aficiones y las pasiones nunca se agoten.

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