Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Punto de vista

Alonso Fernández de Lugo perdió la guerra

Alonso Fernández de Lugo

Alonso Fernández de Lugo / El Día

Tenía un profesor en la Universidad de La Laguna al que le encantaba darle la vuelta a la historia. Nos sorprendía su capacidad de cambiar el sustrato objetivo de los hechos documentados, contando lo sucedido al revés, con los ganadores como perdedores y los perdedores como ganadores. No era necesario viajar a la Europa de la Segunda Guerra Mundial o estudiar en profundidad la exultante victoria del bando republicano frente al nacional en la Guerra Civil en la batalla del Ebro. Bastaba solo con mirarnos a nosotros, situarnos en Canarias y valorar qué hubiera ocurrido si el capitán Alonso Fernández de Lugo hubiera salido derrotado de todas las batallas de Acentejo y Aguere. Imaginemos que el mencey Bencomo no muere en La Laguna y que la conquista realenga se queda atascada para siempre en una isla que nunca llegó a caer del todo. La primera certeza es la más incómoda: no tendríamos Canarias tal y como las entendemos. Si los aborígenes hubieran expulsado al invasor, lo más probable sería tener una geografía de pequeños reinos insulares en guerra perpetua entre sí. Los menceyatos nunca estuvieron unidos. El profesor nos cuestionaba esta visión distópica de la historia: ¿Una Canarias aborigen victoriosa habría tenido los medios para resistir a las potencias europeas? Ahí tiraba de la arqueología para recordarnos que la sociedad guanche y majorera era neolítica, ganadera y agrícola, sin metalurgia propia, sin escritura desarrollada más allá del alfabeto líbico-bereber grabado en piedra, y sin marina de guerra. Su fuerza era la del terreno —barrancos, montañas, el conocimiento absoluto de cada palmo de su isla. Aguantar siglos sucesivos de expediciones castellanas, portuguesas, y después holandesas, inglesas y francesas hubiera sido un ejercicio de resistencia difícil de contener. «¡Qué manejable e interpretable es la historia! ¡No se dejen engañar, que llegarán algunos para trastocar los mensajes y hacer de la historia un arma política e ideológica!» Han pasado 20 años, y el viejo profesor de Historia Contemporánea de España tenía razón. Imaginemos que los europeos hubieran perdido el interés por esta zona del Atlántico, escribiéndose así nuevas páginas de la historia de Canarias. Llegados al mundo actual, probablemente hablaríamos una lengua derivada del amazige insular, emparentada con las hablas bereberes del norte de África, con préstamos comerciales de quien fuera tocando puerto. La religión predominante no sería el catolicismo sino formas evolucionadas de las creencias guanches, con sus cuevas sagradas, su culto a Achamán y Magec, sus rituales de fertilidad agraria, salvo que el contacto comercial hubiera traído el islam desde el Magreb cercano. «¿Y la economía, amigos?», interpelaba el profesor. La base sería el pastoreo de cabras, el cultivo de cebada para gofio y la pesca artesanal, sin el monocultivo de la caña de azúcar que trajeron los castellanos en el siglo XVI, sin las plataneras que llegaron después, sin el turismo de masas que reconfiguró literalmente la costa de Tenerife y Gran Canaria a partir de los años sesenta del siglo XX. No tendríamos cuatro millones de turistas anuales aterrizando en un archipiélago que en su versión real fue completamente remodelado por y para la economía de servicios europea. La independencia de un archipiélago de ese tamaño, sin recursos minerales significativos y a setenta kilómetros de África, habría sido extraordinariamente difícil de sostener frente al colonialismo del XIX y la descolonización convulsa del XX en el Magreb. Lo que sí parece razonable imaginar es una sociedad insular con una relación radicalmente distinta con su propio paisaje. La lucha canaria no sería un deporte autóctono que reivindicamos en fiestas patronales, sino el sistema judicial mismo, el método real para resolver disputas entre cantones, como de hecho era antes de 1402. En definitiva, lo más importante es saber conservar bien nuestras tradiciones, cuidar lo nuestro, que no es eterno, y ser, entre todos, un poco más capaces de entender al otro. Esa es la mejor victoria de todas y la manera más objetiva de aprender de la historia.

Tracking Pixel Contents