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Opinión | Observatorio

Teresa Acosta Tejera

La seducción de los bulos

Fake news.

Fake news. / Shutterstock

Apenas abrimos los ojos, cogemos el teléfono móvil y, con un simple movimiento del dedo, encadenamos mensajes, noticias, vídeos y publicaciones que compiten por captar nuestra atención. En esa marea digital cada vez resulta más difícil distinguir entre lo verdadero y lo falso. Junto a informaciones rigurosas también circulan publicaciones engañosas, teorías conspirativas, falsas curas milagrosas o campañas de desinformación que encuentran terreno fértil en una ciudadanía expuesta a una producción constante de contenidos.

La pandemia de Covid-19 dejó numerosos ejemplos, pero no ha sido un caso aislado. Basta observar algunos debates relacionados con la salud, la inmigración, el medioambiente o la actualidad política y social para comprobar hasta qué punto los bulos condicionan la conversación pública.

La lógica de los entornos digitales recompensa la viralidad. A diario asistimos a la proliferación de mensajes que circulan con el propósito de crear ambientes tóxicos. Los que generan y propagan bulos conocen bien el papel que desempeñan las emociones en la difusión de determinados mensajes. Muchos casos de polarización encuentran en las redes sociales un espacio propicio para su expansión, como hemos visto recientemente en los episodios extremos de violencia xenófoba registrados en Belfast.

Con frecuencia, los contenidos que apelan al miedo, la indignación o los prejuicios se difunden con mayor rapidez que aquellos que aportan contexto, matices o explicaciones fundamentadas. La manipulación informativa distorsiona nuestra percepción y los mensajes, cuanto más simplistas y más emotivos, más visibilidad adquieren porque conectan con la parte emocional del cerebro, no con la reflexiva.

Esta hiperconexión en la que vivimos nos hace devorar publicaciones de forma compulsiva y a una velocidad vertiginosa, sin apenas tiempo para analizar críticamente lo que consumimos. Esto no solo nos distrae, sino que reduce nuestra capacidad de mantener la atención prolongada sobre un mismo asunto. A esta situación contribuye la selección que realizan los algoritmos, que nos van dirigiendo hacia determinadas publicaciones en función de nuestros hábitos de consumo, aunque nos pueda parecer que estamos eligiendo libremente lo que leemos. Esta realidad es preocupante principalmente entre la población más joven.

Los datos que aporta Save the Children España en un informe de 2024 señalan que el 85 % de los adolescentes españoles usan Internet antes de los doce años y que una parte importante permanece conectada varias veces al día o de forma prácticamente permanente a plataformas como TikTok, Instagram, YouTube o WhatsApp. Este estudio también revela que el 96 % no contrasta las fuentes que consulta. Buena parte de las noticias falsas o bulos circulan precisamente por plataformas digitales en las que los contenidos se difunden sin una supervisión editorial previa.

Los datos del Eurobarómetro de la Juventud de 2025 indican que un 49 % de los jóvenes españoles se informan sobre temas políticos y sociales en las redes sociales, especialmente entre los dieciséis y dieciocho años, y que el 88 %, la tasa más alta de Europa, afirma haber estado expuesto a menudo a noticias falsas o desinformación. Las evidencias avalan la necesidad de la alfabetización informacional y transmedia y reafirman el papel fundamental de la mediación lectora, entendida como el acompañamiento que ayuda a establecer puentes entre los textos multimodales y los lectores.

La lectura favorece precisamente todo aquello que escasea en los entornos digitales dominados por la inmediatez. Leer exige un esfuerzo intelectual porque implica detenerse, interpretar, relacionar ideas y formular preguntas. Al mismo tiempo, nos acerca a otras experiencias humanas y nos ayuda a desarrollar la empatía, una cualidad especialmente necesaria en una sociedad cada vez más polarizada.

Ante este panorama, la formación de lectoras y lectores críticos se ha convertido en una necesidad cultural y democrática. Además de localizar información, es necesario saber interpretarla, evaluarla y contrastarla, así como establecer inferencias y formar un criterio propio que nos permita interactuar de forma ética y responsable. Pero hay que dar un paso más, porque no solo somos consumidores, sino también prosumidores, es decir, participamos activamente en la creación, difusión y reinterpretación de contenidos.

De ahí la necesidad de plantear un plan para abordar la formación de la ciudadanía en su conjunto, porque si es cierto que la prioridad debe centrarse en las generaciones más jóvenes, esta tarea debe extenderse también al resto de la población, a los creadores de contenido digital e influencers, a los profesionales de la comunicación y a cuantas personas tengan capacidad para influir en la opinión pública.

La formación debe ser integral y transversal. Un buen recurso didáctico son los proyectos de investigación en el aula. Se trataría de partir de hechos concretos, documentarse a través de diferentes plataformas, contrastar las distintas maneras de abordar una misma noticia, fomentar el diálogo sobre lo que se cuenta y cómo se cuenta, realizar inferencias y extraer conclusiones propias.

Quizás, al hilo de la visita del sumo pontífice a Canarias, un proyecto podría consistir en analizar los hechos ocurridos en el muelle de Arguineguín con la llegada masiva de migrantes en el año 2020, un episodio que dio lugar a expresiones como «muelle de la vergüenza» y que, con motivo de esta visita, ha sido rebautizado como «muelle de la esperanza». El trabajo podría incluir la reconstrucción de la cronología de los acontecimientos y el examen de cómo fueron tratados a lo largo del tiempo en diferentes medios y canales digitales. A partir de ahí, se podría analizar cómo los discursos posteriores reinterpretaron aquella situación y ofrecieron una nueva lectura de lo ocurrido. Esta práctica permitiría desarrollar competencias críticas a partir de un caso real, cercano y ampliamente documentado.

Se trata de una preocupación compartida por numerosos sectores de la sociedad. El propio papa León XIV, en su encíclica Magnífica Humanitas, aborda estos retos y desafíos de carácter pedagógico para ayudar al alumnado a hacer un uso responsable, crítico y creativo de las nuevas tecnologías y alerta de los entornos informativos fragmentados y de los algoritmos que premian el enfrentamiento y pueden amplificar la polarización y el resentimiento. Señala también la necesidad de promover una verdadera higiene de la atención, el silencio, el estudio reflexivo, la lectura…

En una sociedad donde cualquiera puede crear, compartir y difundir contenidos, la alfabetización informacional y transmedia se han convertido en herramientas imprescindibles para construir una ciudadanía crítica. Una democracia sólida necesita personas capaces de distinguir entre los hechos, las opiniones y la manipulación.

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