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Opinión | El recorte

Algunos nadarán

La sesión del Congreso con la comparecencia de Pedro Sánchez, en imágenes.

La sesión del Congreso con la comparecencia de Pedro Sánchez, en imágenes. / José Luis Roca / EPC

Pedro Sánchez descubrió pronto que para gobernar tenía que comerse algunos sapos de grueso calibre. Se tragó sus palabras y promesas para pactar con Podemos y poner de vicepresidente a Pablo Iglesias. Pactó con la extrema izquierda y lo normalizó a martillazos de telediarios. Y no solo eso: llegó a acuerdos con Bildu, encolerizando a las víctimas del terrorismo, porque lo necesitaba. Incluso cedió a las peticiones del PNV y de Junts, dos partidos de la más rancia derecha nacional vasca y catalana. Hizo todo lo necesario para conseguir el poder. Y al precio que fuera.

Ese pragmatismo apenas se ha empezado a digerir en Génova, la sede central del PP, donde aún mastican sin tragar la pastilla verde de Santiago Abascal. La voluntad del electorado es que no les queda otra. Tienen que repartirse el poder con Vox. España se está inclinando a la derecha y los electores están apuntalando, una y otra vez, que eso es lo que quieren ver en los programas de gobierno.

Se está cumpliendo ese viejo principio de que las elecciones no las gana la oposición, sino que las pierden los gobiernos. Muchos socialistas, que han gestionado decentemente sus mandatos por toda España, se enfrentan a la evidencia de que la marca les perjudica. Que el entorno de Pedro Sánchez es directamente responsable de un descrédito demoledor y generalizado como pocas veces se ha visto en nuestra democracia.

En cualquier otro momento de la historia habría una crisis desde dentro del propio partido socialista. Porque en el PSOE, como en todas las fuerzas con tradición, el partido siempre fue más importante que las personas. Pero el Sanchismo no solo es una forma frívola de denominar este «régimen», es un adjetivo que califica la subordinación de los cargos a una dirigencia leninista. Una que ha aniquilado la disidencia. Y que ha organizado campañas de descrédito de los que no se han plegado a apoyar incondicionalmente al líder mesiánico.

Las voces críticas dentro del aparato socialista han sido sofocadas sin contemplaciones. Quienes opinaron contra las cesiones al independentismo o los acuerdos con Bildu fueron exterminados de forma expeditiva. Pero ahora, cuando el tsunami electoral se aproxima, miles de alcaldes y dirigentes autonómicos empiezan a ser conscientes de que van a pagar una factura ajena.

Sánchez no convocará elecciones para perderlas. Es absurdo que se lo pidan. Ni dejará el cáliz del poder, que beberá hasta la última gota. Considera que su supervivencia está por encima del interés del partido y que el futuro es menos urgente que el presente. Ayer arrojó al fuego los restos inservibles de Ábalos, Santos Cerdán y Leire Díaz. Hará lo mismo, cuando toque, con Zapatero. Cualquier cosa para seguir flotando.

Esa corte que con ceguera suicida ha apoyado el liderazgo omnímodo de Pedro Sánchez empieza a sentir vértigo. El viaje tiene pinta de acabar mal. Algunos empiezan a ver que la reconstrucción de lo que fue un partido de mayorías la harán aquellos socialistas a quienes hoy llaman traidores. A los de la secta les quedará el inmenso honor de acompañar al faraón en su tumba. Aunque no descarten que algunos terminen dando la razón a Clavijo y demuestren que cuando el barco se hunde las ratas sí que nadan.

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