Opinión | El recorte
Una flecha luminosa

Gente con abanico en Barcelona durante la ola de calor en Cataluña. / Zowy Voeten
Ayer hubo ola de calor en toda España. Más de treinta y ocho grados en Madrid y por encima de los cien grados en Moncloa. Apenas lanzados los obuses contra los excesos gratuitos del juez Peinado, que ha mandado a juicio a la ‘segunda dama’ del país, con los cañones recalentados, descendió del Tribunal Supremo la condena al superministro José Luis Ábalos y su asesor Koldo García, la mano derecha de Pedro Suárez y el militante socialista ejemplar: 24 años y tres meses y 19 años y ocho meses, respectivamente. Unas penas muy duras que a algunos se les ha hecho muy difícil de tragar.
Y para que no falte de nada en la ardiente meseta, el Supremo ha pintado una flecha luminosa y parpadeante que señala un importante incentivo a los delincuentes que confiesen: evitar la cárcel. Al empresario Aldama, situado en medio de la trama de las mascarillas, le han condenado a cuatro años y medio pero con suspensión de condena por su colaboración con la Justicia. La atenuante muy calificada y la reducción de grados, así como la suspensión de la entrada en la cárcel de Aldama, constituyen el mayor reclamo para que quienes formen parte de una trama corrupta empiecen a cantar por soleares. Ya lo dijo el fiscal Anticorrupción: «Si de verdad queremos combatir a las organizaciones criminales y la corrupción, debemos compensar a quienes salen de ellas y denuncian. Si no, la ley de silencio se impondrá en cualquier investigación».
La sentencia fue adoptada por unanimidad de todos los magistrados, y pese a que algunos ministros la consideraron escandalosa, en Moncloa, pasado el sofoco, decidieron hacer un comunicado donde el Gobierno de Pedro Sánchez se ofrece como alternativa de regeneración al Gobierno de Pedro Sánchez. «Nos comprometemos a seguir trabajando (sic) para construir una España ejemplar en la que la corrupción no sea aplaudida ni tolerada». Como diría ese «traidor» de Felipe: y dos huevos duros.
La contundente sentencia contra quien fue portavoz de la moción de censura que llevó a Sánchez al Gobierno no tendrá ninguna consecuencia política. El presidente es invulnerable a la responsabilidad. Aguantará esta demoledora condena a sus dos compañeros de viaje con la misma indiferencia con la que ha visto caer a quienes fueron de su máxima confianza. Atrincherado en que los que están siendo juzgados ya no están a su lado, escamotea la evidencia de que se investigan delitos cometidos cuando sí estaban a su lado. Cuando estaban justo dónde él les puso.
Dimitir no es un nombre ruso. Y tampoco es un verbo español. Mientras el primer ministro británico, Starmer, presentaba ayer su dimisión, por haber perdido el apoyo de la mayoría, Sánchez navega por los años sin presupuestos y sin mayoría, sin que apenas se le despeine el flequillo. Malvive sabiendo que la oposición se odia más entre sí que lo que le detesta a él. Que el Congreso es un gallinero y que a nadie le interesa el pueblo, sino el juego del poder. Y su único gran fracaso ante esta sentencia del Supremo es que no ha podido impedir que mande una inequívoca señal a los delincuentes: si confiesan y revelan organizaciones criminales podrán evitar la prisión. Hoy, alguna y alguno lo estará meditando seriamente. Y más de uno andará acojonado.
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