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Opinión | CLAROSCURO

Saray Encinoso

Óliver y el tiempo

Unos adolescentes miran las pantallas de sus móviles.

Unos adolescentes miran las pantallas de sus móviles. / GABRIEL BOIA / CAS_DIGITAL

Hace unos días, durante un almuerzo, unos amigos nos contaron que su hija, de 14 años, está preocupada por saber dónde vivirá. No en qué ciudad o en qué país. Teme no tener una vivienda, una casa, un hogar. La anécdota provocó risas entre quienes estábamos sentados a la mesa. Después, mi cerebro hizo una conexión inesperada y apareció en mi mente mi profesora de Historia Contemporánea, que en un curso de BUP -no recuerdo cuál- añadió un cuestionario de actualidad a cada examen. Si no estabas al día de lo que ocurría en el mundo, no podías aspirar a una nota superior a un notable. Recuerdo las vísperas de las pruebas preguntarle a mi padre si había pasado algo que yo debiera saber. Aunque él es uno de los lectores de periódicos más fieles que he conocido, casi siempre se encogía de hombros. Al final, yo iba al examen después de ver las noticias el día anterior y dejaba unas cuantas preguntas en blanco. Con esa edad, mi actualidad estaba muy lejos de lo que contaban las portadas de los diarios.

No sé si el mundo ha cambiado mucho, si los jóvenes viven más pegados a la actualidad que generaciones anteriores o si Internet ha abreviado la infancia y la adolescencia. A veces es difícil no ser catastrofista con tanto pesimista suelto por ahí y tanto kamikaze sentado en despachos desde los que se toman decisiones que nos afectan a todos. Mi familia vivió durante años de alquiler y mis padres tardaron años en construir la casa en la que luego vivimos. No parecía fácil, pero tampoco imposible.

Quizá ahora los problemas de los adultos llegan antes no porque nosotros viviéramos una adolescencia perfecta, sino porque muchos jóvenes cargan con incertidumbres estructurales para las que nadie parece tener una receta. Es posible que en otros momentos históricos hubiera asuntos que también calaran en la juventud –una guerra o una catástrofe natural, por ejemplo-, pero que una adolescente de clase media sea consciente del problema de la vivienda nos enseña cómo se enfrentan hoy muchos jóvenes a su futuro. Desde muy temprano empiezan a percibir las dificultades que tendrán para emanciparse o ser autónomos, es decir, para construir sus propios proyectos vitales.

La nostalgia muchas veces es una trampa. El pasado no siempre fue mejor. Pero esa intuición tampoco debería servirnos de excusa para no entender a una generación que, en ocasiones, parece haber empezado a temer el futuro demasiado pronto. Me preocupa que esa zona intermedia, esa zona de espera que era la juventud, se esté acortando. No todos los adolescentes experimentan la misma realidad ni todos enfrentan estas preocupaciones con las mismas herramientas. Hay quienes llevan tiempo escuchándolas en casa, en conversaciones familiares tensas, y quienes llegan a ellas más tarde. Pero más allá de las situaciones personales y de cómo los orígenes pueden adelantar la madurez, tengo la sensación de que hay un cambio generacional, que el tiempo también se ha acelerado para ellos y que ahora se hacen ciertas preguntas antes.

Cuando miro a mi sobrino Óliver, que no ha cumplido aún cinco meses y se pasa gran parte del día riendo, pienso en cuánto permanecerá en él esa forma de medir el tiempo en la que el mundo todavía no te ha exigido nada. Si deja de reírse y amenaza con el llanto, le cantamos una canción de María Elena Walsh que habla de «tiempo no apurado, tiempo de jugar que es el mejor, suelto y no enjaulado adentro de un despertador». Entonces pone cara de atención y parece calmarse. Aunque le encanta escuchar canciones y que lo tengan en brazos, todavía le falta mucho para entender estrofas como la que habla de cuentos que no llegan «de un botón» -un aparato de música-, sino de la voz de una abuela que los lee en camisón.

Quienes repetimos esos versos sabemos, sin embargo, que el tiempo no puede detenerse. Por eso intentamos estirarlo un poco. Las preguntas importantes no se pueden eludir, pero merece la pena intentar conservar algo de ese tiempo no apurado, de ese tiempo de jugar que es el mejor, suelto y no enjaulado adentro de un despertador.

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