Opinión | A babor
Empatía

Javier Vendrell Camacho
La empatía -capacidad de comprender los sentimientos y emociones de los demás- no es una virtud habitualmente atribuible a Pedro Sánchez. Durante años, el presidente ha demostrado una notable facilidad para desprenderse de compañeros, colaboradores y amigos cuando han dejado de servirle. La política española está llena de cadáveres abandonados en la cuneta por el sanchismo. Algunos de ellos fueron decisivos para que Sánchez alcanzara el poder. Los tres del Peugeot, por ejemplo: Ábalos, Koldo o Cerdán, hombres que fueron imprescindibles y que –al convertirse en problema– dejaron de existir para el presidente. De hecho, incluso negó conocerlos… mucho.
Por eso llama la atención su intervención de ayer en Bruselas. Sánchez expresó públicamente su respaldo a Zapatero y le trasladó su empatía ante la situación judicial que atraviesan él y sus hijas, encausadas ayer por el juez Calama, un jarro de agua fría sobre la decisión de no aplicar medidas cautelares a Zapatero.
Empatía, pues. Con Zapatero, como antes con el Fiscal General del Estado. Son las dos únicas excepciones de Sánchez –aparte sus familiares, por supuesto– en la operación de ‘soltar lastre’ emprendida por el PSOE desde que estallaron los primeros escándalos.
La empatía con el fiscal responde a una lógica aplastante: no fue investigado ni condenado por meter la mano en los fondos reservados, sino por usar los recursos de la Fiscalía para destruir a Ayuso. Si García Ortiz hubiera sido abandonado a su suerte, es probable que hubiera cantado qué mensajes borró de su teléfono.
En cuanto a Zapatero, no se trata de un dirigente socialista cualquiera: es un expresidente investigado judicialmente, cuya declaración en la Audiencia no logró disipar las dudas existentes. Al contrario. Tras escucharle, después de una comparecencia en la que Zapatero optó por no ofrecer explicaciones convincentes sobre los asuntos que más preocupación generan, el juez Calama ha considerado que los indicios siguen plenamente vigentes y ha incorporado a su secretaria personal y sus hijas a la causa. Durante días hemos asistido al espectáculo de las joyas de la abuela, de los correos electrónicos contradictorios, de las rectificaciones públicas de quienes salieron a defenderle y acabaron descubriendo que habían sido inducidos a error. Incluso el juez llegó a exhibir documentación que cuestionaba algunas de las afirmaciones realizadas minutos antes por el expresidente. Resulta difícil recordar un episodio parecido: un político sorprendido en circunstancias extremadamente comprometidas, que se niega a aclarar aspectos esenciales de los hechos investigados. Evita responder sobre las cuestiones fundamentales y reclama confianza. No da explicaciones. Pide confianza. Y sin embargo, Sánchez empatiza.
¿Por qué? Es la pregunta del millón.
No parece una cuestión sentimental. Sánchez nunca ha destacado por mantener lealtades personales duraderas. Tampoco por conservar amistades políticas cuando estas dejan de serle útiles. La empatía presidencial resulta sorprendente. O quizá no tanto. Porque Zapatero no es solo un expresidente retirado. Desde hace años ocupa una posición muy especial en el ecosistema de poder del PSOE. Es la referencia progresista, representa la moral del partido. Y, además, ha intervenido en negociaciones muy delicadas. Con Puigdemónt, cuando Cerdán acabó en Soto del Real. Ha actuado como intermediario en escenarios complejos. Ha cultivado relaciones políticas y económicas en lugares donde los canales oficiales resultaban insuficientes o inconvenientes. Es amigo personal de la señora de las maletas de Barajas, ministra del petróleo y ahora presidenta nombrada por Trump. Ha sido también la figura recurrente en Venezuela. Pero también ha mantenido una relación constante con China, y participado en operaciones diplomáticas de naturaleza difusa que nunca han terminado de explicarse completamente a la opinión pública.
A diferencia de otros dirigentes socialistas caídos en desgracia o presos, Zapatero no es una pieza periférica. Es el principal depositario de la memoria política del sanchismo. Sabe demasiadas cosas, ha participado en casi todas las conversaciones, ha estado presente en demasiados escenarios relevantes. No es preciso intuir conspiraciones extravagantes para comprender que Sánchez quiera protegerlo mientras pueda. Basta con asumir que existen personas cuya caída genera riesgos que van mucho más allá de su propia situación personal. Cuando Ábalos cayó, Sánchez pudo presentarlo como un caso individual. Cuando cayó Cerdán, intentó hacer lo mismo. Zapatero pertenece a otra categoría. Es de los muy pocos que se ha ganado la empatía de Sánchez.
Cuando un político tan poco sentimental decide exhibirla, la pregunta ya no es qué siente Sánchez por la persona a la que protege. La pregunta es qué perdería si deja de hacerlo.
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