Opinión | El recorte
Oye, qué cosa el café

El truco para saber si el café que te trae el camarero es descafeinado o no: que no te engañen
No ha sucedido nada extraordinario, porque lo excepcional es lo habitual. El primer expresidente del Gobierno de España imputado se declaró inocente. José Luis Rodríguez Zapatero simplemente pasaba por allí. Tuvo la mala suerte de que la empresa de la que cobraba, una de las treinta de su amigo Martínez, estuvo vinculada al rescate de la aerolínea Plus Ultra, pero de eso él no sabía nada. Y sus relaciones con quienes influyeron en el rescate se incardinan en la meliflua explicación de la directora de la Guardia Civil, Mercedes Rodríguez: quedaba para tomar un café.
A esto ha quedado reducido el gobierno regenerador. El giro moral que demandaban los ciudadanos escandalizados consistió en cambiar las agendas de Luis Bárcenas por las de Leire Díez. Y los mismos partidos que apoyaron la censura para derribar el Ejecutivo de Rajoy, salpicado por los escándalos del PP, cargan hoy con la herrumbre democrática de apoyar, con una pinza en la nariz, un partido del que han caído dos secretarios generales de organización y que chapotea ahora en una trama organizada para sabotear las investigaciones de jueces, fiscales y fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.
El elefante en la habitación es que las encuestas vaticinan un descalabro del Sanchismo, que se hunde conforme pasa el tiempo y se sigue erosionando con los incesantes casos judiciales. El fracaso de la regeneración, convertida en degeneración, abre las puertas a un pendulazo electoral. El voto de castigo de un electorado defraudado está eligiendo la hastiada abstención o la extrema derecha, que ha pasado a convertirse en un socio obligado de los conservadores. Esto es lo que hay. Y ese es el horizonte al que vamos de cabeza.
Y mientras tanto, el sainete. Una directora general de la Guardia Civil que toma cafés con la fontanera encargada de boicotear a la Guardia Civil. Un secretario de organización socialista que asegura que no sabía qué estaba haciendo la gente con la que se reunía y a la que pagaba el partido siguiendo sus instrucciones. Un expresidente que desconocía los negocios en los que estaba el amigo para el que trabajaba y que no sabe ni cuándo, ni dónde, ni quién le dio unas joyas valoradas en más de un millón trescientos mil euros. Y por encima de todos ellos, flotando en el líquido amniótico de la inocencia, un presidente, un líder, que primero defiende la inocencia de su gente de confianza y luego termina afirmando que no eran tan amigos y que, realmente, pensándolo bien, nunca llegó a conocerlos.
Sánchez afirma ser un gran lector de libros. Ahora debe tener en su mesa de noche ese famoso poema de Martin Niemöller sobre la culpa y la complicidad durante la época del nacional socialismo alemán. «Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron a buscar a los judíos, y yo no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron a buscar a los sindicalistas, y yo no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron a buscar a los católicos, y yo no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron a buscarme a mí, y ya no quedaba nadie que pudiera protestar».
El día en que ya no quede nadie a quien tirar por la borda y vayan a buscar a Sánchez estará tomando café.
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