Opinión | Retiro lo escrito
Un hediondo atardecer

Pedro Sánchez en el Congreso este miércoles. / Efe
Mucha gente se siente irritada cuando lo mencionas pero el sanchismo -la praxis política y el estilo de Pedro Sánchez y la adaptación del PSOE al mismo- no es un cisne negro de la democracia parlamentaria española. Es la continuidad y exacerbación de algunas patologías estructurales. Antes de la Constitución se practicaron trucos. El sistema electoral para las primeras elecciones democráticas tras la dictadura franquista (junio de 1979) fue diseñado por un señor que casi nadie recuerda, Óscar Alzaga, con un objetivo expreso: el triunfo de la recental Unión de Centro Democrático. El sistema electoral, traspuesto a la Constitución de 1978, es supuestamente proporcional, pero la circunscripción provincial obra el milagro, porque en tal ámbito la ley d´Hont se beneficia a las mayorías, castiga a los partidos pequeños de ámbito nacional y en cambio levanta a los partidos nacionalistas y a los partidos más localistas. El objetivo estratégico de Alzaga y su equipo buscaba afianzar un bipartidismo, UCD y PSOE, ofreciendo presencia inclusiva a las fuerzas nacionalistas catalanas y vascas. Para garantizar un cierre de seguridad al debate constitucional se concedió al Rey que designase directamente a 40 senadores, que se sumarían a los 207 elegidos democráticamente. Pero, en fin, todo esto -y mucho más - fue previo a la aprobación de la Constitución, que perdonó pecados y sobre todo percadores.
Durante los gobiernos de Adolfo Súarez y Calvo Sotelo el desarrollo legislativo de la constitución fue debilitándose, el traspaso de competencias a las comunidades autónomas se ralentizó, ETA mató a mansalva, operó el terrorismo de Estado, se produjo un golpe militar en febrero de 1981 y ni se quiso ni se pudo depurar a las fuerzas y cuerpos de Seguridad. En fin. También el largo mandato de Felipe González contempló un alud de corrupción, terrorismo de Estado, partidización completa del Consejo General del Poder Judicial por ley orgánica, cooptación de empresas públicas y ataques al Tribunal Constitucional, cuando su presidente, Manuel García Pelayo, decidió con su voto de calidad el carácter inconstitucional de la ley del aborto de 1985. El vicepresidente Alfonso Guerra - que mucho después dimitiría por las trapisondas de un hermano, qué coincidencia -- dijo entonces que doce señores no podían retrasar desde ningún tribunal las reformas de un Gobierno democrático. Imagino que les suena. Los gobiernos del PP estuvieron trufados de escándalos hediondos. Un ministro de Economía acabó en la cárcel. Un ministro de Interior montó una brigada policial para espiar a adversarios políticos que ahora se está juzgando. Los presidentes (González, Aznar, Rajoy, Zapatero) nunca se enteraron del caudaloso río de corrupción mierda, pasta y sangre que corría bajo sus escritorios.
El sanchismo significa la admisión final de esta tradición intrahistórica que ha dejado el sistema exhausto de legitimidad, vaciado de ejemplaridad y sentido cívico. Los materiales políticos e intelectuales del edificio constitucional pueden ser alemanes, pero su putrefacción recuerda a la I República Italiana. El sanchismo parte de tres premisas: a) Cuarenta años demuestran que pueden forzarse las junturas del Estado, debilitar los contrapesos, difuminar la separación de poderes, colonizar instituciones, burlarte del Parlamento, negociar como buhoneros piojosos con fondos públicos favores políticos e incumplir con cierto cuidado algunos preceptos constitucionales y siempre, siempre, se puede ir un poquito más lejos; b) el PSOE ya no puede ganar ampliamente las elecciones y su única salida les obliga a pactar con las pequeñas izquierdas y los independentistas a cualquier precio, porque cualquier precio es ya el único precio; c) la política es una práctica puramente identitaria y sentimental y lo importante ya no es tener la razón, sino alimentar la emoción de un relato guerrero y pueril. Ya no existe la responsabilidad política, ni la rendición de cuentas, ni la abstracción de los intereses generales. El sanchismo es el atardecer de despedida de la democracia parlamentaria española.
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Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas
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