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Opinión

Cuando la ciencia se convierte en dogma

Un investigador mirando por un microscopio.

Un investigador mirando por un microscopio. / Andrés Gutiérrez

La ciencia ha sido una de las herramientas más poderosas desarrolladas por la humanidad para comprender la realidad. Gracias a ella hemos ampliado nuestra esperanza de vida, explorado el universo y transformado profundamente nuestras sociedades. Sin embargo, precisamente por el enorme prestigio que ha adquirido, existe un riesgo que pocas veces se discute con suficiente profundidad, esto es, que la ciencia deje de entenderse como un método de investigación y se convierta en una autoridad incuestionable. Cuando esto ocurre, corre el peligro de transformarse en aquello contra lo que nació, un dogma.

La esencia de la ciencia no reside en las respuestas que ofrece, sino en las preguntas que permite formular. Desde sus orígenes, el pensamiento científico se caracterizó por desafiar certezas establecidas y someter cualquier afirmación al escrutinio crítico. Ninguna teoría debía considerarse definitiva y toda explicación permanecía abierta a la posibilidad de ser corregida o reemplazada. La duda no era una debilidad del sistema, sino su principal fortaleza.

Sin embargo, en algunos ámbitos contemporáneos parece haberse producido una transformación preocupante, determinadas afirmaciones científicas ya no son presentadas como hipótesis o modelos provisionales, sino como verdades prácticamente intocables. Cuestionar ciertas premisas no siempre conduce a un debate racional sobre las evidencias disponibles; en ocasiones provoca descalificaciones, censura social o exclusión intelectual. Se confunde así el escepticismo, que constituye el corazón del pensamiento científico, con una forma de herejía moderna.

Parte del problema surge de una comprensión simplificada de lo que realmente es la ciencia. La ciencia no es una institución, ni un grupo de expertos, ni un conjunto de consensos; la frase «la ciencia dice» se utiliza como si la ciencia fuera una entidad única y homogénea capaz de pronunciarse con una sola voz sobre cuestiones complejas. Es un método destinado a aproximarse a la verdad mediante la observación, la experimentación y la crítica constante. Los científicos pueden equivocarse, las instituciones pueden equivocarse y los consensos también pueden equivocarse. La historia del conocimiento está llena de ejemplos que lo demuestran. Muchas ideas que hoy consideramos evidentes fueron rechazadas por las autoridades científicas de su tiempo, mientras que teorías ampliamente aceptadas terminaron siendo abandonadas cuando aparecieron mejores explicaciones.

A esta realidad se suman los conflictos de intereses que atraviesan el ecosistema científico actual. La investigación requiere financiación y gran parte de ella procede de gobiernos, universidades, empresas privadas y organismos con agendas propias. Esto no significa que la ciencia esté necesariamente corrompida, pero sí que no puede analizarse al margen de los incentivos económicos, políticos e institucionales que la condicionan. Los recursos disponibles influyen en qué temas se investigan, qué resultados reciben mayor atención y qué líneas de trabajo logran consolidarse.

Otro fenómeno preocupante es la creciente identificación entre consenso y verdad. Los consensos científicos son valiosos porque reflejan el estado actual del conocimiento disponible, pero no constituyen pruebas definitivas. La historia demuestra que el consenso puede ser una guía útil sin ser infalible, pero cuando deja de entenderse como una conclusión provisional y comienza a utilizarse para cerrar debates, la ciencia pierde una parte esencial de su capacidad autocorrectiva. El progreso intelectual depende precisamente de que existan personas dispuestas a cuestionar aquello que parece indiscutible.

Esto no significa que todas las opiniones tengan el mismo valor ni que cualquier afirmación merezca idéntica credibilidad. El pensamiento crítico exige distinguir entre una crítica fundamentada y una simple negación de la evidencia, no obstante, existe una diferencia importante entre rechazar una idea porque carece de pruebas y rechazarla porque desafía una narrativa dominante. La primera actitud es científica; la segunda es dogmática.

Quizá la ciencia necesite recuperar algunas de las virtudes intelectuales que hicieron posible su éxito, esto se refiere a la humildad para reconocer lo que todavía no sabemos, la valentía para cuestionar nuestras propias convicciones y la disposición permanente al debate racional. Una ciencia incapaz de tolerar preguntas incómodas corre el riesgo de convertirse en una forma sofisticada de autoridad, cuando su verdadera misión consiste precisamente en someter toda autoridad al examen de la razón y la evidencia.

La grandeza de la ciencia nunca residió en ofrecer certezas absolutas, sino en aceptar que todo conocimiento es provisional. Cuando olvidamos este principio, dejamos de practicar ciencia para empezar a practicar una forma moderna de dogmatismo y la historia demuestra que las certezas inamovibles, por respetables que parezcan, suelen convertirse tarde o temprano en el principal obstáculo para comprender la realidad.

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