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Opinión | En el camino de la historia

Lo difícil que es confesar el fracaso

Oscar Wilde

Oscar Wilde / EPC

Ante las truculencias, mentiras, medias verdades, gestos más que elocuentes que actúan como delatores de una personalidad tambaleante que tiene que apoyarse en la evanescencia de una realidad cubierta con el velo de la sospecha, me llega a la memoria una frase que Oscar Wilde escribe en El retrato de Dorian Gray.

«La fidelidad es a la vida de las emociones lo que la coherencia a la vida del intelecto: simplemente, una confesión de fracaso».

Cuando la emoción rodea el discurso y este se prolonga más allá de lo imaginable, porque aún en la distancia suena el aplauso traducido en un apoyo balbuceante, el camino que queda por desandar, los portillos que hay que saltar se interponen ante la lógica que traduce la confesión del fracaso. Ahí la coherencia, el discurso unánime se esfuma, apenas asoma siquiera su significante.

Pero, entretanto, se siguen incorporando a un posible ordenamiento intelectual, ajeno a la emoción, trazos del ordenamiento ajeno para hacerlos suyos a cambio de poder ser uno de ellos.

La renuncia de valores individuales es el rito de cada cual que es exigido para la constitución del grupo que conduce inexorablemente a la distorsión de la realidad.

La realidad tolera un tanto de distorsión sin pasar factura, pero si la distorsión es escandalosa, se mantiene en el tiempo con las mismas pausas y triquiñuelas escurridizas aparecerán cuestiones que pondrán en solfa las posibilidades de asentamiento del líder, que tirará a la basura sus diatribas, por lo que tendrá que surgir en el camino un nuevo líder que no entre en colisión con los restos que dejó ciertamente desconcertados, el personaje central.

En este momento la confusión pudiera aún ser mayor que todas las carencias y emotividades desarrolladas y propiciadas con anterioridad.

Podrá darse una nueva situación que si no se interpone la vieja emotividad sino el intelecto, se construirá un nuevo edificio de concordia plena, sin traiciones ni vasallajes.

De no producirse, si las rémoras se esconden, si las traiciones ya ensayadas están prestas a nuevos y catastróficos acontecimientos podemos entrar en una revolución intelectual, que nada tienen que ver con las simplezas anteriores sino con pujanza que irán dejando las cuestiones en su sitio.

Y la pregunta ¿el socialismo es compatible siquiera con una forma de gobierno que rinda cuentas, con un orden político en que los gobernantes tengan que responder de manera efectiva ante los gobernados?

O ¿se seguirá gobernando con el poder como antítesis de la autoridad, con la capacidad más o menos institucionalizada de dañar los intereses de otros?

Quizás la revolución de las ideas habrá que adaptarla a los tiempos donde la confrontación, la diversidad de opiniones, sea quien sea quien detente el poder, discurra por la vía de la concordia. Teniendo como fundamento el desarrollo y el bien de la colectividad que es a la que se representa y que no sea esta la que sufra el daño del conflicto, donde la toma de decisiones y las correcciones se haga con rigor ante lo que se barrunta vaya a suceder; y no estar a la espera de llegar a confesar que es el fracaso el que ha actuado como protagonista. Y no otra cosa.

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